domingo, 12 de abril de 2015

RECOMENDACIÓN 24: LAS AMISTADES PELIGROSAS.




LAS AMISTADES PELIGROSAS



Hace poco, un alumno me preguntó que en qué época me gustaría haber vivido; o más bien que si tenía un personaje histórico que me hubiera gustado ser, no lo recuerdo exactamente. Él, claro, pensaba que le iba a decir algo solemne, algo como “yo querría haber nacido en la Roma de Augusto”, o “querría ser Horacio, o Livia, o incluso la madre de Alejandro Magno”. Pues no. Por probar… ¿por qué no el final del siglo XVIII, en Francia, en una familia burguesa, maquillada de polvo blanco y con el escote requeteapretado? 


“Sí -le dije-, yo querría ser la Marquesa de Merteuil.”



Las amistades peligrosas (Les Liaisons dangereuses) fue escrita por Pierre Choderlos de Laclos y publicada por primera vez en 1782. La novela se vertebra a lo largo de una serie de cartas entre los personajes, aunque la historia gira fundamentalmente en torno a los dos protagonistas: la Marquesa de Merteuil y el Vizconde de Valmont, dos personajes más que libertinos, aprovechados incluso, que juegan con todo aquello que tiene que ver con la seducción. Seducción entre ellos (porque ahí radica el juego: están deseando meterse en la cama) y seducción con terceras personas que a veces salen bastante mal paradas. Pero voy más allá: ya no es la meta de esa seducción lo que les invita a actuar a los protagonistas. No es tanto el placer de meterse en la cama, sino el jugar a cómo lo consiguen, qué retos se ponen, qué trabas sortearán uno y otro. Un juego de inteligencia magnífico, que conste, pese a la vileza a veces de sus protagonistas. Inteligencia, seducción, disimulo, juego. Eso define su carácter.

Pero hay una gran diferencia entre La Marquesa y el Vizconde: ella es mujer, viuda y marquesa. Y su disimulo (y su inteligencia, por tanto) será aún mayor. La originalidad de los personajes está más bien en ese arte de la persuasión más que en la coacción (como, por ejemplo, sucedía en las novelas de Sade). Es un relato de intriga, como afirmaba André Malraux en el prólogo. No sólo Laclos nos enseña al "héroe", al seductor, sino que expone sus trucos... El placer sexual en sí queda supeditado a la vanidad de esos personajes, a su inteligencia y a su hipocresía. La coacción o el poder que pueden tener dada su condición social no es viable: es la vanidad lo que les mueve.
Quizá lo que yo más destacaría de la novela (y de la película, perfectamente adaptada) sería esa importancia que Laclos da a la psicología, y no a otros factores como la acción, con un tono propio de los moralistas franceses, con una conversación creada a través de cartas lúcidas y perspicaces. Y ahí radica la originalidad de la novela.



Vayamos a la película. Las adaptaciones cinematográficas han sido varias: en 1959, la versión de Roger Vadim; en 1988, la de Stephen Frears; en 1989, aquella “Valmont”, de Miloš Forman; y finalmente esa más que discutible “Crueles intenciones”, de Roger Kumble. También, según he leído, alguna serie de televisión trató la novela (pero ahí no entro), y evidentemente en teatro la cosa también tuvo su repercusión: la versión del alemán Heiner Müller en 1987, la londinense de Chistopher Hampton o incluso la ópera de Conrad Susa de 1994, estrenada en San Francisco. Y también, claro, algún musical, como el de Marcelo Caballero y Steban Ghorghor, estrenado en Buenos Aires, en 2012. Pero vayamos a la película con la que me quedo sin lugar a dudas: la de Frears de 1988, que es la adaptación de la obra de teatro de Hampton (y no de la novela, directamente).



Recuerdo que mis padres no me dejaron ver la película: no la iba a entender, quizá demasiado sexo para que una niña lo viera, demasiado compleja… ¡A saber! Y era precisamente lo que yo más deseaba, como algo prohibido: ver esa película. Entonces, poco me importaba saber si era un libro o no, si había sido llevada al cine antes o si una ópera en San Francisco se estaba sucediendo en aquellos momentos. Yo quería ver esa película que tenía vetada sí o sí. Pasó el tiempo, y en casa de unos amigos de la familia, hallé la cinta. “¿La ponemos?”, le dije a la hija de aquellos amigos (¿Verónica?). Mis padres y los suyos, entre cafés, cigarros y conversación, ni se darían cuenta. Y entonces aquellas dos niñas de once/doce años pudieron ver aquello que estaba censurado: una historia de seducción, de vilezas, de sexo, de soberbia. Nunca me olvidaré de aquella sensación: la de estar ante algo prohibido.


Cuando dije que quería ser la Marquesa de Merteuil pensaba en Glenn Close. Y ahí está el vizconde, un magnífico John Malkovich que se convierte en el personaje más libertino y vil que podamos imaginar (aunque no tanto como la Marquesa, que lo supera en inteligencia, porque además éste al final acaba cayendo donde no quería…). Eso mismo que poco después pude ver en la novela no abandona a los protagonistas de la película: la soberbia, la codicia, la ambición, el juego.


El film estuvo nominado al Óscar a la mejor película, mejor actriz principal para la Close, de reparto para la Pfeiffer, mejor guión para Hampton, mejor vestuario y mejor dirección artística. No es para menos, aunque finalmente sólo ganó tres: mejor guión, mejor vestuario y mejor dirección artística. Una pena que Glenn no saliera vencedora, pero claro: ahí estaba Jodie Foster, que le arrebató la estatuilla. Y aunque crítica y público estaban de acuerdo en que la interpretación de John era una de las mejores adaptaciones de un personaje escrito previamente, tampoco se le nominó. 




Poco bombo y platillo, quizá, pero vean la película de nuevo: no tiene desperdicio el tratamiento de los personajes, no decepciona ni el ambiente ni las situaciones, nos trae constantemente la novela a la cabeza. Y eso no es fácil, sobre todo siendo una novela epistolar. Y esa Uma Thurman jovencísima seducida por el Vizconde… Y ese final, ¡sublime!, de aquella Marquesa que ya no dice nada: sólo se desmaquilla, lentamente, con la mirada fija, con la sensación de haber perdido en el juego.


Sí, yo querría ser la Marquesa de Merteuil. O al menos, un rato.





Noelia Illán Conesa

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