domingo, 5 de abril de 2015

RECOMENDACIÓN 23: DOCTOR ZHIVAGO.




50 años del Doctor Zhivago de David Lean







                Este año se cumple el 50 aniversario del estreno de Doctor Zhivago. Al revisar una obra antigua, y muy especialmente aquellas que, en su momento, fueron plenamente exitosas, siempre se tiende a dirimir sobre la calidad de su envejecimiento. Y este criterio no habría de basarse en las modas, en lo trasnochado de algunas de sus expresiones, sino en lo consistente de su planteamiento, en la pervivencia de una esencialidad que pueda hacer frente al riesgo de anacronismo. Ya en 1.965, esta superproducción difería de otras películas más realistas, más sutiles, menos complacientes. Doctor Zhivago era -  y sigue siendo - una obra ambiciosa, que aspiraba a la grandiosidad; en eso, y en casi todo, es fiel a la novela. Ambas se desarrollan a partir de la afluencia de unas potentes historias elevadas a sus máximos significados, en un intento de unir la epopeya personal y la social, haciéndolas coincidir o confrontarse, en medio de unos sucesos tan trágicos y condicionantes como fueron los que acompañaron a la Revolución Rusa.

         
       La novela de Boris Pasternak tuvo una acogida muy diversa. Por una parte, se benefició de una ansiosa aceptación internacional, fundamentada en la clara oposición del mundo occidental al régimen soviético. Pero, fuera de los pronunciamientos adversos constreñidos por la motivación ideológica, también hubo opiniones literarias implacables, como la de Nabokov. Lo fácil, para algunos, era achacarle a Pasternak su impericia en ese género, del que era novel, al mismo tiempo que se le reconocía su contrastada valía como poeta. La obra fue prohibida en la URRS, hasta los tiempos de la glasnost de Gorbachov. Ahora, en Rusia, está incluida en los planes de estudios de Secundaria. A mí me parece que su calidad es irregular, pero que ofrece un mayoritario número de páginas excelentes y, sobre todo, un hermoso tono emotivo, un acierto a la hora de describir, con nitidez, la complejidad de su intrincada historia, que hace que su extensa lectura resulte cautivadora. David Lean trasladó esta última característica a su versión cinematográfica, cuyas más de tres horas de duración no resultan excesivas, tal vez por esa vertiginosa concentración de un periodo largo de años en el que se van sucediendo muchos virajes en la vida de los personajes, en su ubicación física o sentimental, en la influencia de su poderoso entorno.

          
      Uno de los mayores reproches que se le hace a la novela es el de que abusa de reencuentros inverosímiles entre los protagonistas. A mí, ese forzamiento no me parece censurable. Lo que me importa es la coherencia en el desarrollo interior de cada situación. Otra cosa es la verosimilitud en la evolución de los personajes, que sí considero imprescindible en una novela, aunque sepamos que pueda estar contradiciendo algún tipo de realidad. La historia que nos propone Doctor Zhivago se apoya en unos personajes muy bien trazados que representan actitudes claramente distintas, desestabilizadas por una situación general muy dura y apremiante. Yuri Zhivago es el hombre culto – médico y poeta –, el ciudadano correcto, cabal, de procedencia burguesa, pero con sensibilidad social; un hombre capaz de ver con simpatía, en sus comienzos, el suceso de la revolución, aunque más tarde se asustará de sus excesos y los padecerá sobradamente. Por otra parte, Zhivago se mueve en un complejo universo sentimental, en el que habita Lara, su amante, a la que conocerá después de haberse casado con Tonya, su hermana adoptiva, por una costumbre de gratitud y afectividad. Este amor fraternal se verá superado por el fuerte apasionamiento que Lara le descubre. Pero su actitud no es la del golfo, la del canalla, sino la de un hombre atrapado en unos conflictivos sentimientos amorosos, inesperadamente atraído por una mujer muy bella y muy sensata que le aportará un irrenunciable plus de emoción, de testaruda y contundente realidad, enfrentándolo a sus amadas lealtades.



                 
Pasternak siempre navegó entre dos aguas. Amparado por las simpatías que su poesía  despertaba en personajes tan poderosos como Lenin o Stalin, se permitió el lujo de omitir ostentosos parabienes al régimen soviético, aunque apenas se atreviese a criticarlo. Cuando se le concedió el Premio Nobel, se plegó a las exigencias del régimen para renunciar a recibirlo. Pero antes, durante años, había estado escribiendo una obra en la que - para mí, de forma inequívoca - censuraba el arrasamiento de las libertades que supuso una Revolución que había ido mucho más allá de su tan encomiable objetivo primero, que era el restablecimiento de una justicia social en la muy desigual sociedad zarista. Me río del extemporáneo lamento de Jruschev por no haber autorizado la novela cuando estaba en el poder. Hace poco lo vi en un documental sobre la larga gira que hizo por Estados Unidos, en 1.959, y su ridícula pose arrogante, propia de tantos dictadores de signos distintos – inspiradora de sátiras chaplinescas -, no hacía concebible que pudiese hacer el gesto de permitir la difusión de un reconocimiento de fracaso tan grande como el que se expresa en la novela.


Zhivago no deja de ser un alter ego de Pasternak. La condición de poeta que le confiere lo ayuda a denunciar la censura del arte no oficial por parte de un régimen devastadoramente  igualitario, incapaz de concebir el acto creativo genuino, individual, al que se considera como una infracción contra la sociedad abstracta y mediatizada que propugna; algo que también sufrió él en los años treinta y que lo decantó hacia una más inocua labor de traducción de los clásicos A través de su personaje, expresa su angustia de haberse visto arrollado por los acontecimientos: “es necesario preservarse a uno mismo frente al torrente de la locura”.

                 
Doctor Zhivago es una novela con vocación de popularidad. Salvo en algunos sesudos y esporádicos debates políticos insertados en la acción, su lectura resulta fácilmente asimilable. No era de extrañar que el británico David Lean, especialista en narrar, con muchos medios, grandes historias en kilométricos metrajes, se animase a dirigir esta historia. La imposibilidad de rodar en la URSS no lo arredró y así compuso unos verosímiles escenarios en sorprendentes lugares como Madrid o Soria. Lean le dio preponderancia a la historia de amor y los graves eventos sociales quedaron en un plano menos explicitado, a veces como una coreografía de los impulsos individuales. No priorizó el realismo, como se aprecia en los sedosos cabellos y el cutis cremoso de Julie Christie en las circunstancias más miserables. En la novela, a Zhivago se le describe como a un hombre más bien feo, aunque con un logrado bello rostro interior, mientras que Omar Sharif es un dechado de guapura. Pero David Lean demostró ser un maestro de la narración cinematográfica, saber llegar al gran público con concesiones solo superficiales. Para ello se sirvió de una escenificación enfática, en la que importaban mucho los paisajes. Exhibió unos personajes contundentes, lustrados de claridad, aun en sus zozobras o en sus abyecciones. La fotografía fue importantísima, hecha de sombras que resaltaban la luz ceñida a las vehementes expresiones de los protagonistas. La sentimentalidad se resolvía a veces con cierta candidez no exenta de íntima verdad. Los planos estaban sugerentemente encuadrados, se sucedían con fluidez, sin asomo de brusquedad, siempre haciendo avanzar con ritmo enérgico la historia. Los personajes significativos eran numerosos y Lean recogía, e incluso aumentaba, la fuerza que Pasternak les confirió. Además del trío compuesto por Zhivago, Lara y Tonya, estaba el malvado, asquerosamente listo, hábil manipulador, Komarovsky: o el marido de Lara, Antípov, luego reconvertido en el temible revolucionario Strélnikov. Uno de los mayores aciertos de Lean fue la recreación del personaje del hermanastro del doctor Zhivago, aquí también disperso narrador. Este policía bolchevique, interpretado elocuentemente por un circunspecto Alec Guinness, expresaba perfectamente la disyuntiva que le planteaba el afecto que sentía por su hermano, la compleja contradicción entre lo privado y lo social, el dilema entre el ejercicio de la autenticidad y la supervivencia.


  Para gozar plenamente de estas dos obras, es necesario activar ciertas dosis de indulgencia: para algunos desajustes y los escasos desfallecimientos de la novela; para el barniz maquillador, grandilocuente, de la película. Doctor Zhivago es una de las más grandes historias del siglo XX. Como dijera Vargas Llosa de la obra de Pasternak, a la que considera “uno de los nueve libros que hay que leer antes de morir”: “este es el tema central de la novela, el que reaparece, una y otra vez, como leitmotiv, a lo largo de su tumultuosa peripecia: la indefensión del individuo frente a la historia, su fragilidad e impotencia cuando se ve atrapado en el remolino del gran acontecimiento". David Lean, en su película, supo exponer buena parte de este mensaje, obtener del espectador emociones intensas. Zhivago intuye que podría haber vivido de manera distinta: “la época no tiene en cuenta lo que yo soy y me impone lo que ella quiere”. 



Pero, tal vez, lo que más le duela es que el alocado transcurrir del mundo lo haya alejado de Lara. En una calle de Moscú, desde un tranvía, cree verla andando, después de años de separación y de penurias. Se baja y corre hacia ese espejismo, pero su corazón ya no resiste esa ansia de vida, esa imperiosa nostalgia de un mundo imposible. Es su despedida de un tiempo abrumador y de una mujer que representaba para él la pasión, pero también la serena belleza, la libertad y la razón que le fueron escatimadas.

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