domingo, 10 de mayo de 2015

RECOMENDACIÓN 28: YO, CLAUDIO.







Empecé a traducir a Tácito en tercero de carrera, y poco tiempo me bastó para engancharme a su lectura, primero en castellano y luego directamente en latín, cuando mi capacidad traductora había mejorado considerablemente. “Antes muerto que sencillo”, bromeábamos en clase. Era un autor difícil, pero de una profundidad inmensa y una calidad literaria supina, lejos de su simple definición de “analista”.


Supongo que Robert Graves sintió lo mismo que yo cuando estudiaba, o bien cuando cogió por primera vez los Anales o las Historias de Tácito (aunque, según tengo entendido, Claudio, tras leer a Suetonio, se le apareció en sueños para decirle que contara su historia).


Escena de la serie, durante una sesión del Senado.
Yo, Claudio fue su novela más conocida, publicada en 1934. Para ello, Graves usó otras fuentes (Plutarco y Suetonio, principalmente), ya que, como se sabe- y lamentándolo muchos tanto como yo-, la obra de Tácito está incompleta. Algunos reinados, como el de Calígula, se habían perdido, y Graves echó mano de las vidas de Plutarco y Suetonio para contrarrestar esa carencia. A éste último lo conocía bien: lo había traducido al completo al inglés, y durante mucho tiempo fue considerada una de las mejores traducciones del autor latino. Un año más tarde (parece que no le bastó) publicaría Claudio, el dios, y su esposa Mesalina, pero esa es otra historia…


Aquí vamos a centrarnos en esa primera novela de temática histórica: la vida del emperador Claudio (de nombre oficial algo más rebuscado: Tiberio Claudio César Augusto Germánico), que nació en el 10 a.C. y moriría en el año 54 de la era cristiana. La novela, escrita en primera persona, se convierte en una autobiografía de Claudio, pero no sólo de su vida, sino la de su familia y, por extensión, la historia de los inicios del Imperio Romano, desde que muriera César (y subiera al trono Augusto) hasta el reinado de Calígula.
 
Claudio, Calígula y Tiberio, ya al final de su reinado.


Comienza como empezaría Dickens en David Copperfield años atrás (nací, crecí…) desde su más pronta juventud, haciendo referencia a su cojera, su tartamudeo, sus tics nerviosos…, e incluso el desprecio que algunos le demostraban. Al mismo tiempo presentará a los personajes que conformaban su familia: los Julio-Claudios. Seguirá, a lo largo de la novela, contando la historia de los cuatro primeros reinados del Imperio: Augusto, Tiberio, Calígula y, cuando Claudio contaba con 49 años, su subida al trono.


A diferencia de lo que podemos encontrar en Tácito (que bien lo dejaba claro al inicio de sus Anales, cuando afirmaba que iba a contar la historia del Imperio sine ira et studio), Graves podría contar la historia de los emperadores a través de Claudio desde un punto de vista casi íntimo, como miembro que era de la familia real (y recordemos que el mismo Claudio era historiador, cosa de la que se burlaban, entre otros, su madre Antonia o su abuela Livia, la esposa de Augusto). Al inicio de la novela, Claudio recibe la profecía de la Sibila de Cumas: 1900 años más tarde, su autobiografía será encontrada. Por ello, Claudio escribirá en griego, creyendo que sería incluso en el siglo XX la lengua literaria. 


Livia, Augusto y Agripa, en la serie Yo, Claudio.
Durante toda la novela, el lector se va acercando a la figura de Claudio, a su personalidad y su carácter. Quien haya leído a Tácito y Suetonio, comprenderá que Graves aquí lo hizo muy acertadamente. Vemos un Claudio republicano (afín en cierto modo a Augusto, en contra de su esposa), observador de la historia, y con un carácter analítico y preocupado por Roma hasta la médula. Se convierte así Yo, Claudio en una excelente manera de conocer esa parte de la historia de Roma, así como las costumbres de la época, la religión, o incluso ciertas expresiones latinas.


Sin duda, para mí, el personaje más atractivo de esta época sería Livia, la emperatriz, eternamente obsesionada en ser divinizada a su muere, llena de manipulación y hambrienta de poder. Un personaje fascinante que Graves supo retratar a la perfección. De hecho, en cierto momento Livia confiesa algunos crímenes que ha cometido (Marcelo, Agripa, o incluso sus nietos), con tal de que Calígula o Claudio la divinicen tras su muerte. Este dato es fundamental para saber que Robert sí siguió a Tácito, pues fue el único historiador que afirmó estos crímenes de Livia.


La casi diabólica Livia, esposa del emperador Augusto.

Tras la publicación de la novela, Graves recibió algunas críticas por su falta de rigurosidad histórica. De hecho, en la novela hay una secuencia que tiene que ver con esto: los dos historiadores Livio y Polión discuten delante de Claudio sobre ello, y Livio asegura que es mejor tomarse ciertas libertades en la narración para hacerla más atractiva; por el contrario, Polión se define como más preciso, aunque su lectura sea menos entretenida. Esto los críticos lo usaron para decir que así Graves justificaba sus incoherencias históricas. Claudio (que admira más a Polión y escribe como él, más disciplinadamente), cuando es preguntado por los historiadores en la novela, responde ante estos dos métodos que la historia tiene dos propósitos, “uno es inspirar a los hombres la virtud y el otro es compelerlos a la verdad, y quizá no sean irreconciliables”.



Mesalina, la tercera esposa de Claudio.
Debates aparte, Graves fue aclamado por su novela y se convirtió en número uno en ventas, aunque después reconocería que se sentía a disgusto con la popularidad de los libros. Señaló que sólo fueron escritos por necesidad económica. Lo que está claro –si miramos sus obras- es que Graves era un enamorado de la Cultura Clásica y la Historia de Roma. Como sabemos, más tarde narraría el reinado de Claudio propiamente hasta la muerte del emperador en Claudio, el dios, y su esposa Mesalina.



Aunque en 1937 se produjeron intentos de adaptar esta novela al cine, finalmente se abortó el proyecto, ya que la actriz que haría de Mesalina (Merle Oberon) sufrió un accidente de tráfico. Después se habló de otras adaptaciones, pero hasta la fecha (que yo sepa) no hay película. Sí, por el contrario, se adaptó en 1972 al teatro, protagonizada por David Warner.


Pero entonces llegó la BBC y en 1976 produjo, con guión de Jack Pullman, la miniserie Yo, Claudio que tan gratos momentos me ha proporcionado, no sólo a mí, sino a muchos de mis alumnos de Latín. Y el éxito de la serie no fue menor que el de la novela: tres premios Emmy en 1978 y cuatro premios BAFTA en 1977. Pullman se basó en las dos novelas de Graves, llegando hasta la muerte de Claudio, pero nadie puede discutirme que la parte que se centra en los Julio-Claudios es la mejor de la serie, la que más fuerza tiene sin duda.


Nerón, hijo de Agripina, sucesor de Claudio.
Trece capítulos magníficos componen la serie, con una estupenda escenografía y decorados, sin un solo exterior, incluso para narrar ciertos episodios de las guerras germanas. Y un Derek Jacobi en el papel de Claudio que me enamoró desde el primer episodio (y que luego veríamos de senador romano con firmes ideales republicanos en Gladiator). Y esa Siân Phillips como Livia que mejor no pudo hacerlo. Y un John Hurt en el papel de Calígula que tanto te hacía reír como horrorizarte. Y ¿qué me dicen de la dulce Mesalina, terrible, interpretada por Sheila White, con la carita de ángel? Sin desperdicio desde el inicio hasta el final.


Intrigas, muertes, diálogos magníficos, deseos de poder, sexo… ¿Y ahora nos volvemos locos con Juego de tronos? Disculpen, pero todo lo que aparece aquí ya estaba en Yo, Claudio.


Claudio junto a la ya anciana Livia.
Si he de quedarme con una escena, sin duda, destacaría de esos trece capítulos el momento en que Livia, a punto de morir, se confiesa a Claudio. Y Claudio –el vino lo hace osado- deja de tartamudear por un momento e interroga a su abuela con la frialdad y buscando la precisión de un verdadero historiador. Un momento sublime.






Si no han leído la novela, por favor, pónganse a ello, y lo mismo en cuanto a la serie. Si lo han hecho, nunca está de más revisitar a los clásicos. Y si ya han leído, han visto y han revisitado, les invito a leer los Anales de Tácito, que, aunque no lo crean, está de terrible actualidad: un republicano en el Imperio, y ojo con hablar mal del gobierno existente… ¿Les recuerda a algo?



Les dejo aquí para abrir boca el inicio de los Anales, donde Tácito adelanta de lo que va a hablar:


La ciudad de Roma fue a su principio gobernada por reyes. Lucio Bruto introdujo la libertad y el consulado. Las dictaduras se tomaban por tiempo limitado, y el poderío de los diez varones (decemviros) no pasó de dos años, ni la autoridad consular de los tribunos militares duró mucho. No fue largo el señorío de Cinna, ni el de Sila, y la potencia de Pompeyo y Craso tuvo fin en César, como las armas de Antonio y Lépido en Augusto, el cual, debajo del nombre de príncipe se apoderó de todo el Estado, exhausto y cansado con las discordias civiles. Mas las cosas prósperas y adversas de la antigua República han sido contadas ya por claros escritores; y no faltaron ingenios para escribir los tiempos de Augusto, hasta que poco a poco se fueron estragando al paso que iba creciendo la adulación. Las cosas de Tiberio, de Cayo Calígula, de Claudio y aun de Nerón fueron escritas con falsedad, floreciendo ellos por miedo, y después de muertos, por los recientes aborrecimientos; de que me ha venido deseo de referir pocas cosas, y ésas las últimas de Augusto; luego el principado de Tiberio y los demás, todo sin odio ni afición, de cuyas causas estoy bien lejos.







 Noelia Illán Conesa




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