domingo, 31 de mayo de 2015

RECOMENDACIÓN 31: EXTRAÑOS EN UN TREN.



Extraños en un tren


                                                                 
                En Extraños en un tren, la secuencia en la que un atónito Guy descubre a Bruno, su pesadilla, mirándolo impasible desde la grada, destacándose entre todos los espectadores,  porque es el único de ellos que no está oscilando su cabeza de un lado a otro de la pista de tenis, nos ilustra sobre el talante guasón que Alfred Hitchcock imprime a unas historias por otro lado tan tensas. Algunas de las diferencias entre la película y la novela se deben a ese carácter bromista del director, que pone de manifiesto en sus fugaces cameos, en este caso con la exhibición de su oronda figura subiendo a un tren, cargado con un violonchelo. En esas puntuales apariciones se ríe de sí mismo, pero también nos recuerda que es él quien impone un sello inconfundible en sus obras. Más que un acto de egolatría es una forma jocosa de decir que sus películas son una forma entre jovial y desalmada de jugar con todos sus personajes.
                
       Para Patricia Higshmith era su primera novela. Su aproximación a los personajes es mucho más seria. Escribe precisando, indagando en sus posibles vertientes psicológicas, sin cuidado del brumoso pesimismo que impone en cada página. Idea situaciones angustiosas prolongadas que los mantienen atrapados en un mar de imposibilidad, en el centro de un pesaroso mal circundante que los atañe. La película parte de la novela pero el definitivo guion  retuerce el argumento al gusto de Hitchcock, no solo para ceñirse a la medida de un largometraje sino también para alcanzar la altura de su exigencia de sorprender, de distraer al espectador con un ritmo casi frenético, indeclinable. Así, se cambia la profesión de Guy. Aquí no es un arquitecto sino un tenista, lo que le da más vistosidad y, sobre todo, la ocasión de crear una secuencia angustiosa como es la del partido que ha de finalizar pronto para que él pueda apresurarse a destruir una prueba, una escena que nos remite a la del concierto de El hombre que sabía demasiado.

Guy es un hombre sensato que se ve interpelado en un tren por un desconocido. Se llama Bruno y se siente desahuciado pero, al mismo tiempo, alberga delirantes expectativas de resurgimiento. Lo que escucha le suena liberador. La posibilidad de deshacerse de su odiosa mujer que, negándose al divorcio, está entorpeciendo la posibilidad de rehacer su vida, resulta deseable pero, para un hombre equilibrado como él, terminantemente inasumible. Para Bruno no hay más prudencia que la necesaria para no salir afectado por su crimen. Que muera su padre es un deseo que tiene que realizarse cuanto antes. Su personalidad es la de un psicópata indiferente a la ternura de los niños, un misógino extrañamente moralista, un misántropo curtido en mil desprecios. En la película, este odioso personaje es menos alcohólico, pero igual de abyecto. El que no esté tan destruido por un tortuoso rumbo compulsivo le permite una estrategia más estratégica. Lo vemos explotar el globo de un niño con su cigarrillo pero también, después de cometer el asesinato, ayudar a cruzar la calle a un ciego, como una pirueta de extremado cinismo. La novelista remarca lo infecto del personaje describiéndolo con un ostensible grano en la frente, como si fuera un perverso fruto de su putrefacción moral. Sin embargo, este extraño hombre abominable está dotado en la película de un poderoso poder de encantamiento y, en la novela, es capaz de despertar la compasión en personajes como el de la mismísima Anne, la novia de Guy.

En el parque de atracciones, para cumplir la parte del trato que imagina se cerró en el tren, Bruno persigue a Miriam, la mujer de Guy, para matarla. Lo que ve en ella no es precisamente un objeto de deseo - su tácita homosexualidad está atenuada, tanto en la película como en la novela, por las imposiciones de la época - sino el lugar de un acto que indirectamente lo liberará. Este hombre, al que “le gusta la gente que hace cosas”, solo acomete o acometería actos desmedidos, estrafalarios. Es un ocioso hijo de papá controlado por una mamá un tanto chiflada, un niño grande rico al que su odiado padre quiere formar en el esfuerzo, restringiéndolo en sus heredados privilegios.

La película es la emocionante intensidad y la novela la lenta amargura de la culpa. Higshmith conduce a Guy al callejón de la moral, confronta su natural inocencia con su  criminalidad sobrevenida. Hitchcock lo exime de cometer el asesinato exigido por Bruno, le da incluso la oportunidad de liberarse, relatando tardíamente lo ocurrido a Anne, mientras que la novelista lo condena al crimen y a la soledad de meses y meses sin el alivio de la confesión que su conciencia le apremia. La película preserva la integridad de Guy, mientras que la novela pretende demostrar que un hombre desbordado por un acoso impenitente es capaz de hacer cualquier cosa con tal de intentar liberarse de él, incluso cometer el inopinado acto del asesinato, en contra de su condición moral y de su intrínseca naturaleza.

                Hitchcock despliega todo su arsenal de guiños al espectador, juega a tensarlo, y de vez en cuando le consiente unos segundos de relajamiento. Los personajes secundarios representan arquetipos que le interesan en su lado risible. Así, esas señoronas cándidas que se dejan seducir fácilmente con capciosas lisonjas; o el personaje del padre de la novia de Anne, el respetable senador, un hombre que guarda la compostura, que es capaz de no levantar la cabeza del periódico ni en los momentos de máxima expectación; o el de Bárbara, la hermana de Anne -  interpretada por Patricia Hitchcock, hija del “mago del suspense” -, que representa todo lo contrario, la joven que no se calla lo que siente, que es capaz de la sistemática ironía incluso en situaciones difíciles, hasta que se ve superada por una inesperada gravedad de la situación y se sume en un tembloroso heroísmo; o el ínclito profesor de universidad que no le puede servir a Guy de coartada porque, en su profunda embriaguez, adornada de ridículas canciones que contrastan con abstrusas teorías, no lo registró en su inhabilitada memoria.

                Hay quienes achacan a la película el pecado de lo inverosímil, especialmente en esos riesgos que asumen los personajes en aras de un mayor suspense, de un más acelerado desenlace. Pero me parece indiscutible que las escenas de la película que inician la clara divergencia con la novela aportan un elevado valor puramente cinematográfico. Así tenemos esa visita de Guy al padre de Bruno, penetrando en la casa de este, con la llave que le ha facilitado, en la que, en cada segundo, sentimos todos los peligros, y que acaba en una doble sorpresa genial, primero cuando sabemos de las inocentes intenciones de Guy, que no ha ido con las previstas intenciones asesinas sino a alertarlo de la locura de su hijo, y, como pirueta final, la sorpresiva aparición de Bruno en el lugar de su padre, revelando una vez más su abominable sagacidad.

                Sin ser una de las máximas cumbres de su carrera, Extraños en un tren es una película excelente, muy representativa del poder visual que caracteriza el cine de Alfred Hitchcock, de la intensa coherencia de su desarrollo, siempre enriquecido por una brillante sucesión de escenas memorables, de potentes planos que aumentan el relieve de unos personajes magníficamente perfilados. El impacto emocional que asume el espectador es como un súbito recuerdo de las inabordables sombras de la vida. Pero es cierto que el director inglés aprieta pero no ahoga y así - siempre a tiempo - nos obsequia con sus esporádicos toques humorísticos y finalmente con un desenlace reparador. Nunca pretende hablarnos de los grandes problemas metafísicos y ni siquiera de la experiencia de vivir en una ilesa normalidad, simplemente nos manipula con nuestro agradecido consentimiento, se apodera de nuestras emociones y nos aproxima peligrosamente a lo invivible. Cuando, ya al final, nos libera de esa prolongada turbación, aterrizamos, trastocados aún, en nuestra serena realidad, en nuestra vida lenta, con sus constantes preguntas y sus sigilosas amenazas.

Javier Puig


No hay comentarios:

Publicar un comentario