domingo, 28 de junio de 2015

RECOMENDACIÓN 34: UN DIOS SALVAJE



Moralmente se supone que debemos dominar nuestros impulsos, pero a veces uno no quiere dominarlos. ¿Quién quiere rezar un Ave María cuando está follando?





Un dios salvaje (Le Dieu du Carnage) se estrenó en París en Diciembre de 2006, pero no fue hasta la primavera de 2010 cuando tuve la oportunidad de verla en España. Y fui a verla dos veces. Por algo sería. Y es que esta obra de Yasmina Reza me fascinó desde que leí el argumento en no sé qué revista.

El argumento parecía sencillo, incluso algo insípido en su sinopsis: dos niños se han peleado y los padres de ambos de reúnen para tratar el asunto. Pero la cosa va más allá. Uno de los niños ha lisiado al otro con un palo en la boca, entrando en cuestión no sólo temas relacionados con el pago de los gastos médicos, sino también otras cuestiones morales sobre la educación de los hijos.

El tema de la paternidad es lo de menos aquí (poco me interesa, aunque no sea políticamente correcto decirlo, claro). El quid de la obra no es ese, aunque a priori lo parezca. Se tratan cuestiones mucho más profundas y antropológicas: el dios salvaje.

Ambas parejas, comportándose civilizadamente (y no).

La racionalidad se pierde, señores. O se puede perder cuando entra en debate ciertos temas, no sólo relacionados con la educación de los hijos, sino con cuestiones más importantes, si cabe: lo que somos, lo que quisimos ser y nunca pudimos, lo socialmente aceptado, el saber estar en ciertas situaciones (hipocresía, orgullo, costumbres, bla bla bla). Y es que no siempre sacamos a la luz lo que llevamos dentro, eso está claro. Pero a veces, sólo a veces, cuando nos encontramos en situaciones extremas o poco controlables, es cuando ese dios salvaje puede con nosotros y sale a la luz. Y en el fondo, nos encanta. Piénsenlo un momento.

Es, quizá, una de las formas en la que nos sentimos realmente libres, auténticos, puramente humanos en el sentido más estricto de la palabra. Nos dejamos llevar por nuestros instintos (aunque el término no sea totalmente acertado; ¿impulsos?), y por un momento somos capaces de decir lo que pensamos, de hacer cuanto queremos, de gritar o dar un golpe si es preciso. Espero que no me malinterpreten; la cosa no es fácil de explicar. No se trata de la idea "estoy enfadado y grito"; no. Es más bien un "lo que toca es ser correcto y civilizado, pero pierdo los papeles porque soy humano". 


El reparto en España.
La primera vez que vi la obra de teatro, reconozco que salí agitada. No tanto cabreada (me había encantado), sino más bien excitada por el desarrollo de los hechos. Sucede todo en una sola habitación, donde los cuatro padres (en España, Aitana Sánchez-Gijón, Pere Ponce, Maribel Verdú y Antonio Molero) charlan sobre el comportamiento de sus hijos, primero civilizadamente, pero luego surge la lucha y sale el dios salvaje. La postura conciliadora acaba rompiéndose hasta un punto altamente violento donde los cuatro pierden los papeles.

Definida como “comedia negra”, en más de la mitad de la obra (en España, con la magnífica adaptación del filólogo Jordi Galcerán) uno se ríe, incluso a carcajada limpia. Las situaciones extremas en las que los protagonistas se ven inmiscuidos resultan tan cómicas como agobiantes. Ni todos son tan buenos ni todos son tan malos: ni la madre correcta es tan correcta, ni el dudoso buen padre está tan equivocado, ni el matrimonio es perfecto pareciéndolo. En un momento extremo, todos podemos perder esos papeles que desempeñamos a diario. Y eso es lo verdaderamente fascinante de la obra: ver que no somos perfectos, que tenemos dentro ese dios salvaje que no controlamos, y que nos pasa a todos, seamos más guapos, más ricos o más padres. Y pobre del que no sienta esto, ¿no?


Los protagonistas con Roman Polanski.
Y es en 2011 cuando mi amado Polanski nos trae Carnage a la gran pantalla, una coproducción Francia-Alemania-Polonia-España (total, nada). En este caso, nos encontramos con la misma situación (quitando más de una hora de duración): los padres, Kate Winslet, Christoph Waltz, Jodie Foster y John C. Reilly, acaban metidos en una pelea a cuatro bandas donde salen sus instintos más primitivos, donde todos acaban diciendo en voz alta lo que realmente piensan.

Que durara menos la película en cierto modo se agradece, y no porque sea mala, sino porque la tensión se reduce: no llegas a sentir esa agresividad, ese dios salvaje que saltaba del escenario del teatro para metérsete dentro y llenarte de hostilidad. Algo parecido se sentía también en Arte, de la misma dramaturga. Aquí apenas te da tiempo a agitarte tanto como en el teatro: en apenas hora y media los acontecimientos se suceden del mismo modo, sólo que las situaciones no se alargan tanto. La película, por cierto, se rodó en París debido a esos problemas legales del director (que no puede viajar a Estados Unidos), aunque la historia se desarrolla en Nueva York.

Se convierte así una simple reunión de padres cuyos hijos se han peleado en una auténtica reflexión sobre la individualidad y el rechazo de lo socialmente aceptado. Es la escena sobre la estupidez humana (adulta, más bien) llevada al extremo, donde los padres supuestamente civilizados pierden los papeles y muestran su yo más auténtico. Yo lo definiría casi como un estudio antropológico: cuatro personajes encerrados (cuál de ellos tienes más ganas de salir de allí...) y puestos a prueba como ratones en jaulas, sometidos a la ciencia y a la observación, mientras nosotros observamos lo que ocurre, y nos reímos, sí, pero cuánta realidad hay ahí.


Una obra para reflexionar, para pensar qué somos realmente o a qué estamos sujetos en la sociedad sin quererlo. Pero ojo: si estáis cabreados, mejor para otro momento.

Ah, me quedo, por cierto, con el magnífico Waltz. ¡Grande!






Noelia Illán




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