domingo, 15 de noviembre de 2015

RECOMENDACIÓN 47: RAN

Adivinar el castillo




“¿Cómo decirles que no veo… si en rigor sí veo? Veo de otra manera; veo las cosas por dentro; veo la verdad […] La poesía no tiene dentro ni fuera, fondo ni superficie; toda es transparencia, luz increada y que penetra al través de todo…; la luz material se queda en la superficie, como la explicación intelectual, lógica, de las realidades resbala sobre los objetos sin comunicarnos su esencia…”.
Leopoldo Alas, Clarín, “Cambio de luz”.





Colores plácidos en un prado. La harmonía hecha paisaje. Suaves promontorios de un verde profundo, y una hierba dulce, el sol. Rojo, amarillo y azul. Y un sueño, pero una cacería premonitoria bajo la mirada espantable propia de los sueños infantiles: Hidetora Ichimonji (Tatsuya Nakadai).


Los regalos siempre estuvieron reñidos con la sinceridad desafinada. Saburo (Daisuke Ryû) fue el hijo menor, el más querido, y tal vez por ello se atrevió a rebelar la verdad que se escondía bajo el fratricidio: el mal cometido nunca podrá obviarse, y tarde o temprano, se deberá expiar. Un aserto tan elemental como inesperado por la ligereza con que se toma, la resignación voluntariamente ignorante lanzada al hado.





El presupuesto de Ran () (1985) fue excelentemente administrado por Kurosawa y su equipo, pero aún así, la pericia en el dibujo de las sensibilidades no se puede obtener pecuniariamente, y es aquí donde ya el mayor Akira sobresale tranquilamente, sin aspavientos, con recursos no nuevos, pero con sabia destreza y seguridad.

Las guerras, las riquezas, los palacios, los manidos ardides… no importan, son solamente entretenimientos terrenales para Hidetora, pruebas para su vanidad y veleidad, de las que tan solo consigue abstraerle su avispado bufón Kyoami (Pîtâ), también maltratado por la megalomanía del señor. La creencia de la omnipotencia tan solo produce estulticia.




Y a Ichimonji solo le resta la locura para sobrevivir su mundo de infierno, ¿miedo a darse cuenta que lo había urdido él mismo? ¿U horror por el perdón benigno de los que pisó? Sue (Yoshiko Miyazaki) y Tsurumaru (Mansai Nomura), hermanos a los que dejó vivir una vez aniquilada su familia. Sue fue destinada a ser la esposa de su segundo hijo, Jiro (Jinpachi Nezu); y Tsurumaru, el único hermano varón del clan al que le concedieron clemencia, fue pagando la tasa de la ceguera, para así evitar futuros pronunciamientos. El Budismo será el único consuelo de los hermanos, la creencia estrictamente devota para existir entre todo ese mal y dolor. La otra cara del perdón será Kaede (Mieko Harada).




El clan de Kaede también fue vencido por Hidetora, y por lo tanto, exterminado, tan solo conservaron a la joven para que se casara con el hijo mayor, Taro (Akira Terao). Kaede no supo trepar hacia la luz, ni ondear sobre el rencor, la rabia, el llanto. La supremacía del pasado. Y confundió su vida con la muerte de vestal de la Venganza. No importa pasar sobre Taro, sobre Jiro, sobre Ichimonji… ¡Los hombres son tan fáciles de manipular cuando se creen amados y jinetes de su vida…! La suspicacia siempre nos hará malos, tal vez sea el instinto de supervivencia civilizado, y el único que será capaz de terminar con la deleitosa y serpenteante dama.

Mientras, el desterrado Saturo acogido muy inteligentemente por otro clan sin dote ni riquezas, volverá, sin embargo, por fidelidad cidiana. Pero ya no son los protagonistas ni los atrevimientos fraternas; ni la necesidad natural pero pervertida de derrocar al padre. Hidetora será para todos un loco desnudo, vagabundo de las estepas y cuidado por la caridad de sus víctimas. Nunca antes había visto el señor como Tsurumaru.




Y el tiempo tranquilamente cambiará acompañando la comparsa de las batallas, y biliosos colores destruirán la apacibilidad fundamentada sobre la abyección legitimada. Y los seres humanos… Andando, a tientas, tropezando, temblando recelosos, ¿cuál será el camino? ¿Quién nos lo alumbrará? Nada y Nadie. Nadie y Nada. Solamente nos advirtieron las tímidas flautas de Tôru Takemitsu, siempre sonando lejanas y balanceantes, y lamentándose por su eterna indescifrabilidad.

Para los que me reprochen no haber citado por enésima vez que Ran es una “adaptación” de King Lear, Kurosawa también tomó como base los relatos del daimyō Mori Motonari. Y tampoco recuerdo adrede que Akira también adaptó Macbeth en Trono de sangre (蜘蛛巣城) (1957). ¿No deberíamos ir derrocando ya las infalibilidades?


"Me resulta embarazoso cuando me dicen en países extranjeros: ‘¿Por qué escribes música occidental aunque seas japonés?’. Son preguntas similares a cuando los japoneses dicen: ‘Los extranjeros no pueden entender el teatro Noh’. Algunos japoneses, sin embargo, no entienden el teatro Noh. Es más, montones de franceses no entienden a Debussy. Lo que importa es: ¿qué es comprender? Por ejemplo, escuchando a Brahms, un alemán y yo podemos entender cosas diferentes, pero cada uno es conmovido en su propia manera. Incluso en esta sociedad de información hay muchos malentendidos entre japoneses y extranjeros, pero no hay por qué tomarlo como algo negativo. Deberíamos ver las diferencias entre cada uno como naturales y susceptibles de ser solventadas por gente de buena voluntad”. 






* Los dibujos que completan el texto son del storyboard de Ran, realizados 
por el mismo Akira Kurosawa durante los diez años en que gestó esta película.



Anna Montes Espejo



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