domingo, 13 de diciembre de 2015

RECOMENDACIÓN 51: LAS MEJORES INTENCIONES (por Javier Puig)


Las mejores intenciones



El director de Las mejores intenciones (1992) es el danés Bille August, pero la trascendencia de su excelente trabajo quedará siempre relegada por la presencia del monstruo que tiene detrás, Ingmar Bergman, que es el autor de la novela original y del guion con el que la adapta al cine. Lo que nos narra la película es la problemática de la historia sentimental que vivieron sus padres. Lejos de las obras intimistas del último periodo del director sueco, aquí se nos propone un desarrollo menos condensado en diálogos, un ritmo que enlace armoniosamente una selección de momentos decisivos en el decurso de unos pocos años, unas situaciones cambiantes que requieren respuestas nuevas, un continuo rehacerse en los personajes. (Hay una versión televisiva de mayor extensión, que da pie a mostrar un mayor número de aspectos de la novela).


La relación de la pareja protagonista se compone de un tira y afloja entre el amor y las querencias personales. Bergman toca la llaga de la dificultad de convivir, de aunar dos destinos, de conciliar dos ímpetus que esconden cierta recíproca extrañeza. Pero no es esa la única dificultad. Henrik y Anna se aman desde el momento en que se ven, pero ese deseo de unión contraviene las expectativas de sus familias, especialmente la de ella, de clase alta, frente a ese joven aspirante a cura que se halla sumido casi en la miseria. La madre de Anna se opone desde un primer momento; incluso, maniobra para informarse de los puntos débiles de quien no quiere como yerno. Uno de los flancos atacados es el de la relación que, en el momento de conocerse, él aún mantenía con Frida, una camarera que pronto acabará resignándose al enamoramiento más profundo de su hombre. Por otra parte, la madre de Henrik siente celos de Anne, aunque nunca los manifieste.


Cuando la pareja se queda a solas por primera vez, ella propone que ambos se confiesen recíprocamente sus defectos. Aunque, el reconocerlos no les dispensará de su recurrencia en ellos, de tener que sobrellevarlos como una rémora infinita. El principal defecto de Henrik es su orgullo, su tozudez, ¿o tendríamos que decir su principal inconveniencia? Muy pronto quedó huérfano de padre, y no recibió de su familia el apoyo económico necesario, algo que le ha generado un rencor irresoluble, tan fuerte que, cuando su abuela en el lecho de muerte, pide verlo, para suplicarle perdón, él no lo acepta. Para mayor demostración de su patético simulacro de suficiencia, también desprecia la renta que le propone el abuelo. Pero la vida es dura. Henrik aspira a ser sacerdote, aunque la carrera le está costando demasiado. Ahogados económicamente, su madre y él tienen que humillarse ante unas tías; tienen que mentir para obtener un préstamo que los socorra.

La relación con Anne tarda en asentarse. Hay dudas en ella, que en Henrik son reticencias. Sigue habiendo maniobras de la familia de ella para que se aborte ese nebuloso proyecto de convivencia. Pero, finalmente, consiguen vencer los obstáculos propios y ajenos: se casan. Lo que sigue es una demostración de todas las divergencias que constituyen una parte importante de su difícil convivencia.


Henrik tiene unos ideales éticos muy estrictos. Siente alergia a las convenciones. Lo han nombrado capellán de una parroquia en un pequeño pueblo del norte de Suecia. Ama su trabajo. Se siente concernido por sus feligreses. Anne trata de seguirlo, pero a veces no le resulta fácil. Es difícil entregarse enteramente al rumbo que siente como ineludible el otro. Acogen a un niño huérfano con taras mentales. Ella cree, tras un tiempo, que deben devolvérselo a sus padres adoptivos. Él se considera obligado a no abandonarlo en manos peores que las suyas. Accidentalmente, el niño escucha lo que Anne dice de él: que, por mucho que lo haya intentado, no ha conseguido quererlo. Celoso, coge al hijo de la pareja, aún un bebé, y corre con él en brazos, hasta el río. Sus padres lo advierten y corren tras él; en el último momento, lo salvan de ser lanzado a las frías aguas.

Pero hay más motivos para los desencuentros. Henrik es invitado a ser capellán en Estocolmo. A Anne le resulta muy atractiva esa idea, pero él se siente imprescindible en su parroquia. Su vocación de servicio, sus imperativos éticos, resultan insobornables. Durante un tiempo, Anne se aleja de él. Vuelve con su madre. Está embarazada del que será el grandísimo director de cine. La distancia le resulta tan necesaria como irrenunciable una atracción que nunca se desvanece del todo. Por fin, vuelven a juntarse. Él cede nuevamente. Acepta el ofrecimiento de la Reina y se van a Estocolmo. Es la lucha ante sus propias creencias, la dicotomía entre la propia coherencia y el amor y la aceptación del otro tal cual es. Sus convicciones solo pueden desarrollarse plenamente en soledad; su amor, en un importante grado de cesiones que lo merman en sus intenciones originales; en sus, a priori, irrenunciables creencias.


Al ver esta película, me preguntaba cómo habría podido Bergman saber de las peripecias sentimentales por las que pasaron sus padres. ¿Quién se las contó? ¿De qué versión dispuso? ¿Quería a sus padres? El título de la película ya nos revela un afán de comprensión, de indulgencia, y a la vez una percepción de fracaso. Cuando leemos la novela, salimos de dudas. Su lectura resulta deliciosa. Al ojearla, la primera impresión es la de que nos hallamos ante un guion o el texto de una obra de teatro. Cuando nos introducimos en sus páginas, comprobamos que realmente es un híbrido entre la novela y esos otros dos géneros literarios. Lo que hace el sueco es proponernos una serie de escenas en las que imagina como se desarrollaron los distintos encuentros o encontronazos entre sus padres, a partir de las escuetas informaciones que posee. Los textos que inserta entre las partes dialogadas van más allá de constituirse en meras acotaciones. Lo que hace es un juego, un ejercicio de suposición que le da pie a expresar - esta vez con cierta levedad, como consciente de la incerteza de sus intuiciones - su visión conflictiva de la vida.  Su prosa es un amigable intento de conversación con el lector; sus diálogos, una demostración de su conocimiento de la psique humana, especialmente la de la mujer, que es, sin duda, la que le parece más interesante.

Con esta historia, conocida referencialmente, imaginada sin elusiones pero con afectuosa indulgencia, Bergman incide en los aspectos dolorosos de la vida en pareja. No puede librarse de su visión sombría. La idea de una íntima compatibilidad de dos destinos le parece producto de la candidez. Parece querernos decir que su experiencia le ha convencido de que las diferencias de clase, las económicas, las culturales, las distintas concepciones más o menos radicales de la vida, las particulares neurosis, hacen que el amor tenga que luchar contra demasiadas resistencias. Su pervivencia exige muchas parciales inmolaciones; su total cumplimiento, una imposible erradicación de las propias miserias.


Javier Puig



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