domingo, 25 de enero de 2015

RECOMENDACIÓN 14: BLADE RUNNER.



De androides y replicantes




La película Blade Runner explora, desarrolla o reconduce, algunos de los temas que apunta la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, aunque ésta – favorecida por la extensión permitida a su género – es, tanto en temáticas como en personajes, bastante más prolija. La trascendencia de Blade Runner, su valor, la propuesta reflexiva que ha originado tanta literatura, no se basa en una servil traslación de la obra literaria, sino en la elección de caminos propios, en la búsqueda de su expresión peculiar. Por su parte, la novela fundamenta su valía, no en el puro virtuosismo de la escritura - del que prescinde -, sino en la poderosa explotación de su amplio continente en aras de desarrollar diversas, interesantes y arraigadas hipótesis sobre un futuro que nos concierne.

Reconozco que las horas de inmersión que he pasado en ambas obras me han producido momentos de cierto extrañamiento de mí mismo, una distancia con respecto a mi habitual sentimiento de la realidad, una aminoración de la conciencia de mi propio yo biográfico, haciéndome sentir más como una pieza del universo que como una fundamental ventana hacia el mismo. A ello contribuye esa sugerencia de indefinición, de dificultad en la distinción entre los seres humanos y sus muy perfeccionadas réplicas, esa duda sobre la identidad, el propio origen, que se esparce por ambas historias. Los androides de la novela – llamados replicantes en la película - han sido creados para ser esclavos. Encontramos en ellos una similitud que nos afecta, pues sentimos que nosotros también podemos considerarnos sometidos, prisioneros de las preguntas que hacemos y no nos son respondidas, rehenes de un tiempo siempre amenazante en el que al fin nos convencemos de no poseer nada sostenible. 
   
La ciencia ficción es un género que exige mucho a los cineastas que lo eligen. No es sencillo traducir a imágenes que resulten verosímiles las imaginativas anticipaciones sobre el entorno futuro. Esos lúdicos pronósticos científicos a menudo yerran, enseguida resultan anticuados, pero, cuando las predicciones nacen de la proyección de las peligrosas derivas de nuestra sociedad, aciertan en su denuncia y, desafortunadamente, de alguna manera, en las degeneraciones previstas.

                Tal vez, el mayor logro de la película sea la ambientación angustiosa, esas calles perpetuamente lluviosas, de agobiante nocturnidad, como en un mal día eterno; pero también lo es la tácita reflexión que va más allá de la trama policiaca, de esas muertes violentas que se suceden; y esos personajes dotados de una apariencia muy singular, como inesperados especímenes de una humanidad que contrasta con una réplica más perfeccionada, más homogénea.
 

                La película introduce el elemento de la angustia temporal, de la conciencia de una muerte indeseable; y, por otra parte, la sospecha de estar viviendo con una memoria ajena, generando un limitado pero intenso haz de cuestiones filosóficas esenciales, como la de la rebelión contra Dios, aquí representada en la venganza de Roy – el replicante más inquieto – contra su creador, un poderoso científico al que no le importa originar seres convertidos, con indiferente crueldad, en sufridores instrumentos.

Philip K. Dick, en su novela, plantea temas diversos, aunque, en el que más incide, es en el de la empatía. Es más explícito que la película en las referencias de sus personajes. Así de Rick Deckard - el perseguidor de bonificaciones, el exterminador de replicantes - conocemos su ubicación y su sentimiento social. Sabemos de su mujer, Iran, una mujer ociosa, conectada a un aparato llamado Órgano de ánimos Penfield, capaz de infundir automáticos y concretos estados anímicos. En ese mundo catastrófico y sombrío, resultado de una Guerra Mundial Terminal, existen símbolos de identificación, a través de los cuales la población sintoniza con una espiritualidad analgésica. Por una parte, una especie de religión denominada mercerismo, representada por el personaje de Wilbur Mercer, y por otro lado, El show del Amigo Buster, personaje que parece tener el don de la ubicuidad, pues está de forma diferente y casi ininterrumpida en las ondas de la televisión y las de la radio, motivo por el que se sospecha su posible condición de androide. En torno a  esos programas confluyen unos ciudadanos crédulos, prisioneros de la consensuada estupidez que se propugna. Finalmente, El Amigo Buster denuncia a bombo y platillo el fraude del mercerismo, pero sus seguidores, necesitados de diluirse en alguna creencia, no parecen darse del todo por enterados.
Wilbur Mercer es un anciano a cuya contemplación se accede a través de una denominada caja de empatía, aparato que dispone de unas asas a las que agarrarse para que se produzca la visión de ese hombre infinitamente ascendiendo la ladera de una montaña desértica, como si fuera un Sísifo espectacular, aquí convertido en detonante de la empatía, en catalizador de un sentimiento de fusión humana que derrota momentáneamente la soledad y se convierte en una cálida desesperanza. Mercer no promete la salvación – él mismo no se salva -, sino solo compañía en la dificultad. No es más que un héroe pasivo, un ejemplo de burdo estoicismo. Como concluye Iran: “lo único que puede hacer es moverse al paso de la vida, e ir adonde ella va, a la muerte”. 
               
Los múltiples mensajes finales de ambas obras resultan bastante coincidentes. De ellos destacaría, en la novela, esa desorientación final del protagonista, esa confusión con sus víctimas, ese descubierto desamparo. Wilbur Mercer le dice a Rick: “Te obligarán a hacer el mal. Esta es la condición básica de la vida, soportar que violen tu identidad”. Rick se siente un ser programado, tal vez no un androide, pero sí un hombre con una vida delimitada por fuerzas ocultas. De la película – aparte del famoso monólogo final de Roy -, lo que me impresiona es esa última contradicción: Rachel ha salvado a Rick, en un intento de identificación humana; y este es nuevamente salvado in extremis por Roy. Demasiado para alguien al que le han sido encomendados los asesinatos de unos seres a los que no se les había asignado la empatía. Y también esa extensa conciencia de la muerte; ese inquietante presentimiento de que nuestra vida es algo esencialmente ajeno, un proyecto misterioso o un insondable azar.


Javier Puig




domingo, 18 de enero de 2015

RECOMENDACIÓN 13: DRÁCULA




DRÁCULA







“Es la víspera del día de San Jorge. ¿Usted no sabe que esta noche, cuando el reloj marque la medianoche, todas las maldades del mundo tendrán pleno poder?”

Bram Stoker




Éste novelista, escritor, periodista y funcionario irlandés nunca se imaginó que, tras publicar en 1897 la novela Drácula iba a tener la repercusión que tuvo  y que aún hoy en día sigue teniendo. Se ha convertido en un libro clásico que hay que leer. Bram nació en Irlanda en 1847 y falleció de una sífilis en Londres en 1912. 


Bram se inspiró en la vida de Vlad Drácul III, más conocido con  “el empalador”.  Fue príncipe de Valaquia (1431-1476). Éste hombre tenía un método predilecto de tortura que consistía en introducir un palo de 3,50 m de longitud por el recto, fijarlo a la carne de sus víctimas y después levantarlo hasta lograr la muerte.

La novela está estructura en diarios, en cartas, en transcripciones de conversaciones y en telegramas que nos permiten profundizar en los distintos personajes que aparecen en la novela. Stoker logró llevar el género de terror a otro horizonte, ya que aportó romanticismo y sexualidad a la historia, y la multiplicidad de voces y narradores la convierte en una narración compleja.



Los personajes son fáciles de distinguir y están muy marcados, además de que al final ven cómo sus vidas se cruzan. La acción trascurre fundamentalmente en Transilvania, tierra en la que conviven distintas culturas (húngara, rumana, eslava y gitana). El ambiente y las descripciones de los lugares, así como la vida de las gentes de aquella época. están muy bien logrados.


Drácula es un muerto viviente que reina en la noche. No come, no bebe y no se refleja en los espejos. Busca a sus víctimas femeninas para succionarles la sangre y convertirlas en vampiras. Aparece en cualquier parte y ejerce una fascinación endiablada. Es “el malo” por antonomasia. 


La novela comienza con el viaje del abogado inglés  Jonathan Harker hacia el castillo del Conde Drácula, que está entre Transilvania y Moldavia.  La misión de Harker es la de darle asistencia legal y cerrar unos negocios. El joven secretario, quien  lleva un diario personal en el que anota todo lo que vive en tierras rumanas y que le envía a su novia Mina, se convierte, primero en huésped del conde y después en su prisionero. En el castillo hay tres mujeres, que son vampiras y “novias” de Drácula y que intentan seducirle, pero que no lo logran. Al final Harker logra escapar y en su huida llega a un convento, en el que las monjas le cuidan y avisan a Mina, con la que se casa inmediatamente y  juntos regresan a Londres.

Mientras tanto, el conde viaja a tierras londinenses y seduce a Lucy, amiga íntima de Mina, a la que convertirá en vampira. Lucy está siendo cuidada por su amiga Mina, pero cada vez está más enferma y sus tres enamorados contratan a un médico holandés, especialista en enfermedades raras. Drácula se hace el encontradizo con Mina, que es casi idéntica a su difunta esposa Elisabeta. Entre ellos nacerá una especie de amor y odio, que nos mantiene en vilo hasta el final. El romance está servido…




Quizá una de las mejores películas de la historia de Drácula sea la de Francis Ford Coppola (1991), protagonizada por Gary Oldman (Drácula),  Keanu Reeves (Jonathan Harker), Winona Rydes (Mina), Anthony Hopkins (Abraham Van Heising) y Sadie Frost (Lucy). En 1992 obtuvo tres Óscar: mejor vestuario, mejor maquillaje y mejor efectos de sonido, y premios merecidos, todo hay que decirlo. Coppola rodó una película muy fiel a la novela, aunque incorpora una relación amorosa entre Drácula y Mina con un alto componente trágico y pasional.


Hay muchos actores que han encarnado al vampiro más famoso de todos los tiempos: Christopher Lee, Thomas Kretschmann, Willem Dafoe, Frank Langella o Klaus Kinski, entre otros muchos. Sin embargo, yo me quedo con Gary Oldman, que consiguió una gran interpretación, quizá la mejor de su carrera. Resultó muy convincente tanto de vampiro como cuando seducía a Winona. ¿Quién no recuerda la frase “He cruzado océanos de tiempo para llegar hasta ti”? 


Por su parte, Winona Ryder (que para mí no es una gran actriz), estuvo muy sensual y su trabajo es bastante respetable. Tuvo que adelgazar y dejarse el cabello largo para interpretar a Mina y a Elisabeta, la mujer del conde que se suicidó cuatrocientos años atrás. Mina en la novela es una mujer muy responsable y fiel, que cae bajo el poder hipnótico de Drácula,  mientras que en la película  se enamora del conde sin mayor titubeo.  Las escenas entre ella y Gary desprenden pasión y sensualidad, cosa que no encontramos de forma tan evidente en la novela.


La caracterización del personaje de Keanu Reeves en la pantalla se parecía bastante al personaje de la novela, quizá el mejor marcado. En un principio, el papel era para Johnny Depp, quién lo rechazó. Después tantearon a Dicaprio y Brat Pitt, pero sería Reeves quién -gracias a la amistad con Coppola- se quedó con el papel. 


El papel del médico Van Helsing  lo encarnó Anthony Hopkins, quien había bordado al Hannibal Lecter  de El silencio de los corderos. En Drácula estuvo muy aceptable y digno, como cabía esperar en este magnífico actor. Prestó su voz como narrador e interpretó al sacerdote que castigó a la mujer de Drácula tras su suicidio. Hopkins estudió el alemán para lograr darle el acento adecuado a su papel.


Como siempre en todos los rodajes existen curiosidades y en Drácula no iba a ser menos. Por ejemplo, Sadie Frost (Lucy) tuvo que teñirse el cabello de rojo para diferenciarse de Winona, pues ambas tenían un gran parecido físico.  El tema musical del final (Canción de amor para un vampiro) fue compuesto por Annie Lennox, amante del mito.

Otra curiosidad es que el cochero que recoge a Harker para conducirle hasta el castillo del conde es interpretado también por Gary Oldman (capricho del actor). Dicen las malas lenguas, además, que Gary se cortó cuando chupaba la cuchilla ante Reeves: los efectos del alcohol…



En definitiva, la adaptación de la novela por Coppola (con guión de James V. Hart)  es bastante aceptable y el trabajo de los actores encomiable. Nunca está de más volver a echar un vistazo a los clásicos, así que para esas tardes perdidas del invierno os invito a disfrutar de esta cinta que –como su novela homónima- se convertirá en otro clásico.






 Águeda Conesa


domingo, 11 de enero de 2015

RECOMENDACIÓN 12



EL SECUESTRO DE
 MICHEL HOUELLEBECQ 








Cuando no hace mucho pasó Houellebecq por Murcia, tras su lectura en Cartagena, los miembros de La Galla Ciencia tuvimos la enorme suerte de poder cenar con él. Una cena en la que tuvimos todo el tiempo a Michel a un escaso metro y medio.

De un autor del que habíamos leído y admirado su obra, del que conocíamos su repercusión, durante aquella cena sólo podíamos pensar "¿En serio? ¿En serio es así?", con cierta extrañeza y ciertas ganas, a ratos, de reír a carcajadas, sólo viendo a un Houellebecq que queda perfectamente retratado -no sin cierta acidez- en esta película que nos hace reír, y preguntarnos todo el rato: "¿En serio?¿En serio es así?". Pues sí, y ahí radica la genialidad de esta cinta y del propio Houellebecq, que entra al trapo y, más que actuar, se limita a ser él, a reírse de sí mismo en cada escena. 

Creo que es un trabajo excelente el de los que están detrás de esta divertida rareza en la que el supuesto secuestro del controvertido escritor francés sirve de excusa para que se suceda toda una serie de situaciones surrealistas y geniales en las que, sin duda, hay mucho de la personalidad de Michel.


Es cierto -como ya ha dicho alguno, y por sacar algún "pero" a la película- que quizá es una comedia que logra el efecto antes descrito en aquellos que están interesados en la figura de este excéntrico escritor. En cualquier caso, estamos ante una marcianada altamente recomendable.


Manuel Pujante



M.H. con el Número UNO de La Galla Ciencia
en sus manos (30/4/2014)

El año pasado Michel Houellebecq visitó
 la Región de Murcia. Estuvimos en Cartagena con él,
 y aquí tienes la crónica de aquel fantástico encuentro.