domingo, 26 de abril de 2015

RECOMENDACIÓN 26: TELEMUJERES


Los protagonistas de "Culpable de este amor".


Poco podía sospechar Borges que uno de sus versos "No nos une el amor, sino el espanto" fuese a pronunciarlo un personaje de telenovela.  Una de las sorpresas de la que llevo viendo cada tarde, por razones que escapan a mi comprensión. En un par de ocasiones citan también Casa tomada y 1984.

Depositaria de antiguos victimismos, la mujer de la telenovela  se multiplica en tres, en siete, en ochenta, y cada personaje abraza misteriosos atributos, secretas virtudes, rasguños de heroísmo o menudencia, alada mediocridad.
Ora es feliz alimentando a quienes visitan su altar-fortaleza-casa, ora encarna a la Justicia y es comprensiblemente cómplice en la persecución de los malvados, ora representa a Circe, sensual  sádica y vengadora de oprobios masculinos, ora revive en joven madonna  para buscar, a lo largo de ciento ochenta y nueve capítulos, a su criatura concebida con males artes y secuestrada  al nacer.

En la telenovela, un Anticristo, padre cariñoso y mutante, transmite su originalidad genética cada treinta y tres años. Sus pupilas adquieren un brillo despiadado en ciertos clímax y es capaz de ejecutar a sus acólitos traidores con ternura sin igual.
Mientras tanto, el Héroe sobrevive al amor y a los revólveres entre jeringuillas y dosis de una droga que mata la voluntad de los individuos y hará—si él no lo remedia–triunfar al Mal sobre el mundo siempre tan ancho y tan ajeno.

En la telenovela  se llega a las manos,  se velan los desnudos, los besos son labio-palatales según la edad y los padecimientos. Hay  bebés  hábiles en telequinesia, mujeres que lloran su esterilidad, madres que pierden a sus hijos, hijos que las matan cumpliendo órdenes y por siempre sollozan ante sus tumbas cuántos-disgustos-te-he-dado. En la telenovela se olvida el rumbo de las olas y las banderas de los buques son necesariamente falsas. El Mal tiene espíritu emprendedor y multiplica sus negocios, sus crímenes, se introduce en las secretarías de gobierno y en las clínicas de salud  y tatúa a sus miembros con un ideograma chino. El Mal se interpone en el sendero de las mujeres locas por encamarse con el Héroe y por sus imaginarios o reales bebés  –a quienes portan como estandarte de misión cumplida y  regalo a la humanidad. 

La maga Circe.
Implacable, resuena el himno a la vida en los oídos antes mudos, indiferentes hasta que poco a poco se dejan vencer por el hechizo de quedarse contemplando el techo con ojos vacuos  y  unas infinitas ganas de no hacer, solo salir al balcón, apoyarse en el éter, juntar mucha saliva y entreabriendo la boca dejarla caer en un hilo de baba interminable.
Y, sin embargo, ¿cómo entender el mundo sin olor a mito, mito doméstico, oloroso y doliente? ¿Qué región de lo femenino silenciado alcanzan las telenovelas, que también disfrutan de muchos espectadores masculinos?

Algunos días y treinta y nueve capítulos más tarde, enganchada por voluntad propia, asisto al reencuentro del Anticristo y su madura madre,  cuya mirada compasiva hace temblar al pobre hombre. En brillante anagnórisis, reaparece también el Padre – en la cadena de Anticristos que se reproducen cada treinta y tres años hasta llegar al Elegido, el bebé que  presidirá el nuevo Orden tras el Fin del Mundo. Pero nos movemos en terreno de los guionistas, en deuda con los culebrones bizantinos, los libros de aventuras peregrinas , los folletines del XIX y –más cercanos en el tiempo— los seriales radiofónicos. 
Presiento un desenlace horripilante, la curación del aciago niño, el adiós a la imaginación perversamente sensual de los malvados  gozadores y la epifanía del Héroe y la Heroína  post románticos–  como era ¡ay!  tan previsible.

 Amparo Arróspide


Filmografía

Telenovela “Culpable de este amor”, estrenada en 2004 y emitida por Telefe (Televisión Federal) desde Buenos Aires.
El bizarro melodrama permite una lectura o interpretación política, ya que transcurridos poco más de veinte años desde la dictadura militar argentina (1976- 1983), “Culpable de este amor” transmuta a las madres y abuelas de la Plaza de Mayo en personajes que reclaman  a sus hijos  secuestrados por  la “Secta del Tigre” (¡). Se incorporan elementos ya exitosos del cine, como el argumento de Rosemary´s  Baby  de Polansky (1968),  fragmentos de la banda sonora del Drácula (1992) de Ford Coppola y un montaje trepidante, combinando numerosas tramas que alternan entre sí al estilo de Robert Altman en Short Cuts (1993).







domingo, 19 de abril de 2015

RECOMENDACIÓN 25: ANNA KARENINA



ANNA KARENINA




El matrimonio es una barca que lleva a dos personas por un mar tormentoso; 
si uno de los dos hace algún movimiento brusco, la barca se hunde.
Tolstói



El ruso Lev Nocoláievich  Tolstói (1828-1910) está considerado como uno de los grandes escritores del siglo XIX.  Si hay dos obras suyas que leer éstas son “Guerra y paz” y “Anna Karenina”, de la que vamos a hablar hoy. El novelista tardó varios años en darle forma a esta novela que, sin lugar a dudas, nunca pasará de moda. 

Y, aunque tenga más de mil páginas, no te cansas de leer, ya que te cautiva desde el primer momento.  Es una obra de la literatura universal, una historia de amor que sobrepasa cualquier barrera temporal y que refleja toda la problemática de la vieja Rusia. La obra de Tolstói tiene, ante todo, pasión y sentimiento y, como no podía ser de otra forma, un final trágico.
Tolstói era partidario de la no violencia y de la abolición de la propiedad, pero fue víctima de la contradicción entre su vida y sus convicciones morales. Intentó renunciar a todos sus bienes, pero se lo impidió la firme resistencia de su familia. La obra floreció en 1877 y es una novela en donde se describe, con gran realismo, la sociedad rusa de la época (la falta de valores de la aristocracia y su hipocresía).
Tolstói narra el triángulo amoroso  entre Anna, su marido y el conde Vronski; y por otro lado, tenemos a la pareja formada por Lyovin y Kitty. De la novela, que tiene muchos personajes e historias, me voy a centrar sólo en la historia de amor y adulterio que protagoniza Anna Karenina, una mujer que pertenece a la llamada alta sociedad rusa.  Está casada con Elekséi Karenin, un alto funcionario de San Petersburgo, al que no ama. El matrimonio tiene un hijo.
Sin embargo el mundo de Anna se viene abajo cuando conoce al conde Vronski, un joven militar amante de los caballos, y se convierte en su amante. La pasión entre ambos no tenía ni lugar ni tiempo, por lo que no pasó desapercibida ni para la sociedad ni para el marido.  
Anna se queda embarazada del amante y, tras un parto muy difícil, da a luz a una niña. Pero su estado de salud es grave y su marido piensa que va a morir, por lo que le perdona la infidelidad. Pero, tras su recuperación, olvida de nuevo al marido y vuelve a reanudar su aventura amorosa y pasional con el joven amante.
Después de una dura lucha interna, Anna abandona su casa, a su marido y a su primer hijo y se va a vivir con el amante una temporada a Italia. Tras regresar a Rusia empiezan las crisis neuróticas de Anna y los celos, pues cuando no estaba con ella se lo imaginaba con otras mujeres. 




El marido no quiere concederle el divorcio ni tampoco que vea a su hijo,  y el amante ha roto con ella por sus celos, por lo que desesperada y sin encontrar otra salida a su vida, se arroja a la vía del tren. El joven militar tras enterarse de la muerte de Anna se va a la guerra, mientras que el marido se hace cargo de la niña.

La novela de Tolstói se ha adaptado al cine en varias ocasiones y han sido grandes actrices quienes han encarnado el papel de Anna Karenina. Si bien Greta Garbo (1935), Vivien Leigh (1948), Jacqueline Bisset (1985) o Sophie Marceau (1997) realizaron un magnífico trabajo, yo me quedo con Keira Knightley (2012). Y no hace mucho también se estrenó una serie para televisión.


Esta última versión fue dirigida por el inglés Joe Wright, quien volvió a contar con Keira para el papel de Anna, con la que ya había trabajado: Joe ya la había dirigido en 2005 en la obra “Orgullo y prejuicio”, película que la consolidó como una gran actriz dramática, y después en “Expiación, más allá de la pasión” (2007).
La película, que se desarrolla en el escenario de un teatro para diferenciarla de otras versiones,  se rodó en Rusia y Reino Unido. En España se estrenó  en 2013. El guión fue adaptado por el prestigioso Tom Stoppard (Brazil, La Casa Rusia, el Imperio del sol…). En Anna Karenina actúan juntos por vez primera Jude Law (Alexis Alexámdrovich Karenin, marido de Anna) y  Keira Knightley, ambos ingleses.   

Para interpretar al conde Vronsky se pensó en un primer momento en Robert Pattinson (Crepúsculo), sin embargo sería Aarón Taylor-Johnson quien interpretaría al amante de Anna.  Para mí, no había química entre ellos, pero para gustos los colores…
Entre otros actores que intervienen están Domhnall Gleeson (Levin), Alicia Vikander (Kitty), Matthew Macfadyen (Stiva) y Kelly Macdonald (Dolly).



















No hay que olvidar tampoco el maravilloso trabajo de vestuario de la diseñadora  británica Jacqueline Durran (colaboradora habitual del director Joe Wright), quien se llevó el Óscar en 2012. Rescató de una forma fidedigna la suntuosidad  de la alta sociedad de San Petersburgo. Ya había sido nominada con anterioridad por dos películas: “Orgullo y prejuicio” y “Expiación”.

Es, en definitiva, una de esas novelas que deben volverse a leer para comprender mejor esa pasión amorosa "atemporal", esa exaltación de los sentimientos de forma incontrolable que llevan incluso a la muerte, planteándonos si es cierto -como decía Ortega y Gasset- de que el enamoramiento es un estado de miseria mental que nos paraliza. A mi entender, la película de 2012 refleja perfectamente lo que Tolstói nos quiso contar: la mujer contra el mundo que le toca vivir, apasionada, movida por eso que llaman amor, y que la llevará a la tragedia total de ella y los que le rodean, todo en un ejercicio de difinición psicológica donde tienen cabida la culpa, la redención y la búsqueda del bien.
 


Águeda Conesa


domingo, 12 de abril de 2015

RECOMENDACIÓN 24: LAS AMISTADES PELIGROSAS.




LAS AMISTADES PELIGROSAS



Hace poco, un alumno me preguntó que en qué época me gustaría haber vivido; o más bien que si tenía un personaje histórico que me hubiera gustado ser, no lo recuerdo exactamente. Él, claro, pensaba que le iba a decir algo solemne, algo como “yo querría haber nacido en la Roma de Augusto”, o “querría ser Horacio, o Livia, o incluso la madre de Alejandro Magno”. Pues no. Por probar… ¿por qué no el final del siglo XVIII, en Francia, en una familia burguesa, maquillada de polvo blanco y con el escote requeteapretado? 


“Sí -le dije-, yo querría ser la Marquesa de Merteuil.”



Las amistades peligrosas (Les Liaisons dangereuses) fue escrita por Pierre Choderlos de Laclos y publicada por primera vez en 1782. La novela se vertebra a lo largo de una serie de cartas entre los personajes, aunque la historia gira fundamentalmente en torno a los dos protagonistas: la Marquesa de Merteuil y el Vizconde de Valmont, dos personajes más que libertinos, aprovechados incluso, que juegan con todo aquello que tiene que ver con la seducción. Seducción entre ellos (porque ahí radica el juego: están deseando meterse en la cama) y seducción con terceras personas que a veces salen bastante mal paradas. Pero voy más allá: ya no es la meta de esa seducción lo que les invita a actuar a los protagonistas. No es tanto el placer de meterse en la cama, sino el jugar a cómo lo consiguen, qué retos se ponen, qué trabas sortearán uno y otro. Un juego de inteligencia magnífico, que conste, pese a la vileza a veces de sus protagonistas. Inteligencia, seducción, disimulo, juego. Eso define su carácter.

Pero hay una gran diferencia entre La Marquesa y el Vizconde: ella es mujer, viuda y marquesa. Y su disimulo (y su inteligencia, por tanto) será aún mayor. La originalidad de los personajes está más bien en ese arte de la persuasión más que en la coacción (como, por ejemplo, sucedía en las novelas de Sade). Es un relato de intriga, como afirmaba André Malraux en el prólogo. No sólo Laclos nos enseña al "héroe", al seductor, sino que expone sus trucos... El placer sexual en sí queda supeditado a la vanidad de esos personajes, a su inteligencia y a su hipocresía. La coacción o el poder que pueden tener dada su condición social no es viable: es la vanidad lo que les mueve.
Quizá lo que yo más destacaría de la novela (y de la película, perfectamente adaptada) sería esa importancia que Laclos da a la psicología, y no a otros factores como la acción, con un tono propio de los moralistas franceses, con una conversación creada a través de cartas lúcidas y perspicaces. Y ahí radica la originalidad de la novela.



Vayamos a la película. Las adaptaciones cinematográficas han sido varias: en 1959, la versión de Roger Vadim; en 1988, la de Stephen Frears; en 1989, aquella “Valmont”, de Miloš Forman; y finalmente esa más que discutible “Crueles intenciones”, de Roger Kumble. También, según he leído, alguna serie de televisión trató la novela (pero ahí no entro), y evidentemente en teatro la cosa también tuvo su repercusión: la versión del alemán Heiner Müller en 1987, la londinense de Chistopher Hampton o incluso la ópera de Conrad Susa de 1994, estrenada en San Francisco. Y también, claro, algún musical, como el de Marcelo Caballero y Steban Ghorghor, estrenado en Buenos Aires, en 2012. Pero vayamos a la película con la que me quedo sin lugar a dudas: la de Frears de 1988, que es la adaptación de la obra de teatro de Hampton (y no de la novela, directamente).



Recuerdo que mis padres no me dejaron ver la película: no la iba a entender, quizá demasiado sexo para que una niña lo viera, demasiado compleja… ¡A saber! Y era precisamente lo que yo más deseaba, como algo prohibido: ver esa película. Entonces, poco me importaba saber si era un libro o no, si había sido llevada al cine antes o si una ópera en San Francisco se estaba sucediendo en aquellos momentos. Yo quería ver esa película que tenía vetada sí o sí. Pasó el tiempo, y en casa de unos amigos de la familia, hallé la cinta. “¿La ponemos?”, le dije a la hija de aquellos amigos (¿Verónica?). Mis padres y los suyos, entre cafés, cigarros y conversación, ni se darían cuenta. Y entonces aquellas dos niñas de once/doce años pudieron ver aquello que estaba censurado: una historia de seducción, de vilezas, de sexo, de soberbia. Nunca me olvidaré de aquella sensación: la de estar ante algo prohibido.


Cuando dije que quería ser la Marquesa de Merteuil pensaba en Glenn Close. Y ahí está el vizconde, un magnífico John Malkovich que se convierte en el personaje más libertino y vil que podamos imaginar (aunque no tanto como la Marquesa, que lo supera en inteligencia, porque además éste al final acaba cayendo donde no quería…). Eso mismo que poco después pude ver en la novela no abandona a los protagonistas de la película: la soberbia, la codicia, la ambición, el juego.


El film estuvo nominado al Óscar a la mejor película, mejor actriz principal para la Close, de reparto para la Pfeiffer, mejor guión para Hampton, mejor vestuario y mejor dirección artística. No es para menos, aunque finalmente sólo ganó tres: mejor guión, mejor vestuario y mejor dirección artística. Una pena que Glenn no saliera vencedora, pero claro: ahí estaba Jodie Foster, que le arrebató la estatuilla. Y aunque crítica y público estaban de acuerdo en que la interpretación de John era una de las mejores adaptaciones de un personaje escrito previamente, tampoco se le nominó. 




Poco bombo y platillo, quizá, pero vean la película de nuevo: no tiene desperdicio el tratamiento de los personajes, no decepciona ni el ambiente ni las situaciones, nos trae constantemente la novela a la cabeza. Y eso no es fácil, sobre todo siendo una novela epistolar. Y esa Uma Thurman jovencísima seducida por el Vizconde… Y ese final, ¡sublime!, de aquella Marquesa que ya no dice nada: sólo se desmaquilla, lentamente, con la mirada fija, con la sensación de haber perdido en el juego.


Sí, yo querría ser la Marquesa de Merteuil. O al menos, un rato.





Noelia Illán Conesa

domingo, 5 de abril de 2015

RECOMENDACIÓN 23: DOCTOR ZHIVAGO.




50 años del Doctor Zhivago de David Lean







                Este año se cumple el 50 aniversario del estreno de Doctor Zhivago. Al revisar una obra antigua, y muy especialmente aquellas que, en su momento, fueron plenamente exitosas, siempre se tiende a dirimir sobre la calidad de su envejecimiento. Y este criterio no habría de basarse en las modas, en lo trasnochado de algunas de sus expresiones, sino en lo consistente de su planteamiento, en la pervivencia de una esencialidad que pueda hacer frente al riesgo de anacronismo. Ya en 1.965, esta superproducción difería de otras películas más realistas, más sutiles, menos complacientes. Doctor Zhivago era -  y sigue siendo - una obra ambiciosa, que aspiraba a la grandiosidad; en eso, y en casi todo, es fiel a la novela. Ambas se desarrollan a partir de la afluencia de unas potentes historias elevadas a sus máximos significados, en un intento de unir la epopeya personal y la social, haciéndolas coincidir o confrontarse, en medio de unos sucesos tan trágicos y condicionantes como fueron los que acompañaron a la Revolución Rusa.

         
       La novela de Boris Pasternak tuvo una acogida muy diversa. Por una parte, se benefició de una ansiosa aceptación internacional, fundamentada en la clara oposición del mundo occidental al régimen soviético. Pero, fuera de los pronunciamientos adversos constreñidos por la motivación ideológica, también hubo opiniones literarias implacables, como la de Nabokov. Lo fácil, para algunos, era achacarle a Pasternak su impericia en ese género, del que era novel, al mismo tiempo que se le reconocía su contrastada valía como poeta. La obra fue prohibida en la URRS, hasta los tiempos de la glasnost de Gorbachov. Ahora, en Rusia, está incluida en los planes de estudios de Secundaria. A mí me parece que su calidad es irregular, pero que ofrece un mayoritario número de páginas excelentes y, sobre todo, un hermoso tono emotivo, un acierto a la hora de describir, con nitidez, la complejidad de su intrincada historia, que hace que su extensa lectura resulte cautivadora. David Lean trasladó esta última característica a su versión cinematográfica, cuyas más de tres horas de duración no resultan excesivas, tal vez por esa vertiginosa concentración de un periodo largo de años en el que se van sucediendo muchos virajes en la vida de los personajes, en su ubicación física o sentimental, en la influencia de su poderoso entorno.

          
      Uno de los mayores reproches que se le hace a la novela es el de que abusa de reencuentros inverosímiles entre los protagonistas. A mí, ese forzamiento no me parece censurable. Lo que me importa es la coherencia en el desarrollo interior de cada situación. Otra cosa es la verosimilitud en la evolución de los personajes, que sí considero imprescindible en una novela, aunque sepamos que pueda estar contradiciendo algún tipo de realidad. La historia que nos propone Doctor Zhivago se apoya en unos personajes muy bien trazados que representan actitudes claramente distintas, desestabilizadas por una situación general muy dura y apremiante. Yuri Zhivago es el hombre culto – médico y poeta –, el ciudadano correcto, cabal, de procedencia burguesa, pero con sensibilidad social; un hombre capaz de ver con simpatía, en sus comienzos, el suceso de la revolución, aunque más tarde se asustará de sus excesos y los padecerá sobradamente. Por otra parte, Zhivago se mueve en un complejo universo sentimental, en el que habita Lara, su amante, a la que conocerá después de haberse casado con Tonya, su hermana adoptiva, por una costumbre de gratitud y afectividad. Este amor fraternal se verá superado por el fuerte apasionamiento que Lara le descubre. Pero su actitud no es la del golfo, la del canalla, sino la de un hombre atrapado en unos conflictivos sentimientos amorosos, inesperadamente atraído por una mujer muy bella y muy sensata que le aportará un irrenunciable plus de emoción, de testaruda y contundente realidad, enfrentándolo a sus amadas lealtades.



                 
Pasternak siempre navegó entre dos aguas. Amparado por las simpatías que su poesía  despertaba en personajes tan poderosos como Lenin o Stalin, se permitió el lujo de omitir ostentosos parabienes al régimen soviético, aunque apenas se atreviese a criticarlo. Cuando se le concedió el Premio Nobel, se plegó a las exigencias del régimen para renunciar a recibirlo. Pero antes, durante años, había estado escribiendo una obra en la que - para mí, de forma inequívoca - censuraba el arrasamiento de las libertades que supuso una Revolución que había ido mucho más allá de su tan encomiable objetivo primero, que era el restablecimiento de una justicia social en la muy desigual sociedad zarista. Me río del extemporáneo lamento de Jruschev por no haber autorizado la novela cuando estaba en el poder. Hace poco lo vi en un documental sobre la larga gira que hizo por Estados Unidos, en 1.959, y su ridícula pose arrogante, propia de tantos dictadores de signos distintos – inspiradora de sátiras chaplinescas -, no hacía concebible que pudiese hacer el gesto de permitir la difusión de un reconocimiento de fracaso tan grande como el que se expresa en la novela.


Zhivago no deja de ser un alter ego de Pasternak. La condición de poeta que le confiere lo ayuda a denunciar la censura del arte no oficial por parte de un régimen devastadoramente  igualitario, incapaz de concebir el acto creativo genuino, individual, al que se considera como una infracción contra la sociedad abstracta y mediatizada que propugna; algo que también sufrió él en los años treinta y que lo decantó hacia una más inocua labor de traducción de los clásicos A través de su personaje, expresa su angustia de haberse visto arrollado por los acontecimientos: “es necesario preservarse a uno mismo frente al torrente de la locura”.

                 
Doctor Zhivago es una novela con vocación de popularidad. Salvo en algunos sesudos y esporádicos debates políticos insertados en la acción, su lectura resulta fácilmente asimilable. No era de extrañar que el británico David Lean, especialista en narrar, con muchos medios, grandes historias en kilométricos metrajes, se animase a dirigir esta historia. La imposibilidad de rodar en la URSS no lo arredró y así compuso unos verosímiles escenarios en sorprendentes lugares como Madrid o Soria. Lean le dio preponderancia a la historia de amor y los graves eventos sociales quedaron en un plano menos explicitado, a veces como una coreografía de los impulsos individuales. No priorizó el realismo, como se aprecia en los sedosos cabellos y el cutis cremoso de Julie Christie en las circunstancias más miserables. En la novela, a Zhivago se le describe como a un hombre más bien feo, aunque con un logrado bello rostro interior, mientras que Omar Sharif es un dechado de guapura. Pero David Lean demostró ser un maestro de la narración cinematográfica, saber llegar al gran público con concesiones solo superficiales. Para ello se sirvió de una escenificación enfática, en la que importaban mucho los paisajes. Exhibió unos personajes contundentes, lustrados de claridad, aun en sus zozobras o en sus abyecciones. La fotografía fue importantísima, hecha de sombras que resaltaban la luz ceñida a las vehementes expresiones de los protagonistas. La sentimentalidad se resolvía a veces con cierta candidez no exenta de íntima verdad. Los planos estaban sugerentemente encuadrados, se sucedían con fluidez, sin asomo de brusquedad, siempre haciendo avanzar con ritmo enérgico la historia. Los personajes significativos eran numerosos y Lean recogía, e incluso aumentaba, la fuerza que Pasternak les confirió. Además del trío compuesto por Zhivago, Lara y Tonya, estaba el malvado, asquerosamente listo, hábil manipulador, Komarovsky: o el marido de Lara, Antípov, luego reconvertido en el temible revolucionario Strélnikov. Uno de los mayores aciertos de Lean fue la recreación del personaje del hermanastro del doctor Zhivago, aquí también disperso narrador. Este policía bolchevique, interpretado elocuentemente por un circunspecto Alec Guinness, expresaba perfectamente la disyuntiva que le planteaba el afecto que sentía por su hermano, la compleja contradicción entre lo privado y lo social, el dilema entre el ejercicio de la autenticidad y la supervivencia.


  Para gozar plenamente de estas dos obras, es necesario activar ciertas dosis de indulgencia: para algunos desajustes y los escasos desfallecimientos de la novela; para el barniz maquillador, grandilocuente, de la película. Doctor Zhivago es una de las más grandes historias del siglo XX. Como dijera Vargas Llosa de la obra de Pasternak, a la que considera “uno de los nueve libros que hay que leer antes de morir”: “este es el tema central de la novela, el que reaparece, una y otra vez, como leitmotiv, a lo largo de su tumultuosa peripecia: la indefensión del individuo frente a la historia, su fragilidad e impotencia cuando se ve atrapado en el remolino del gran acontecimiento". David Lean, en su película, supo exponer buena parte de este mensaje, obtener del espectador emociones intensas. Zhivago intuye que podría haber vivido de manera distinta: “la época no tiene en cuenta lo que yo soy y me impone lo que ella quiere”. 



Pero, tal vez, lo que más le duela es que el alocado transcurrir del mundo lo haya alejado de Lara. En una calle de Moscú, desde un tranvía, cree verla andando, después de años de separación y de penurias. Se baja y corre hacia ese espejismo, pero su corazón ya no resiste esa ansia de vida, esa imperiosa nostalgia de un mundo imposible. Es su despedida de un tiempo abrumador y de una mujer que representaba para él la pasión, pero también la serena belleza, la libertad y la razón que le fueron escatimadas.