domingo, 10 de enero de 2016

RECOMENDACIÓN 53: JUAN NADIE (por Anna Montes Espejo)

Todos




Hay que tener los ojos muy abiertos para ver las cosas como son; aún más abiertos para verlas otras de lo que son; más abiertos todavía para verlas mejores de lo que son.
Antonio Machado

Y, sin embargo, no olvida. Y en aquel rincón viene a sorprenderle el ascenso, la traslación a la parroquia de Ulloa, especie de desagravio del arzobispo. La mitra alternaba con los señores de Ulloa en la presentación del curato, y el Arzobispo había querido manifestar así al humilde párroco, enterrado diez años hacía en la montaña más fiera de la diócesis, que la calumnia puede empañar el cristal de la honra, no mancharlo.
Emilia Pardo Bazán, Los Pazos de Ulloa


John Doe es el nombre que se usa en Estados Unidos para identificar a anónimos o para ocultar el nombre real, de ahí, que en español se haya apostado por la adaptación de Meet John Doe (Frank Capra, 1941) siguiente: Juan Nadie. Al leer por primera vez este traslado y una escueta sinopsis de la película pensé inmediatamente en Odiseo siendo Nadie o Ninguno y Todos ante Polifemo para toda la eternidad. Pero no funciona así en la película, aunque no es que el legendario trilero no supiera lo que hacía, u Homero, o quien fuera, simplemente jugara con el marchito cíclope…; o puede que sí, ahí está la verdad, en las cosas que nunca sabremos.


Pues Capra ambienta la película en plena Depresión de 1929, donde todos esos norteamericanos medios y corrientes estaban desempleados, hundidos, y con la esperanza muerta. Y en plena desesperación, el director nos invita a ojear la redacción de un periódico en el pleno despido de una tal Ann Mitchell (Barbara Stanwyck), una periodista que se dedicaba a escribir columnas rosas y cursis, y ¡tan esperables de una mujer bonita que adornaba su despacho con flores…! Así era normal que solo la recordaran por sus piernas. Pero Ann no puede permitirse prescindir de su trabajo y concederse el privilegio de cerrar con un portazo la torpeza estratégica del director del periódico, Henry Connell (James Gleason). La novelera tiene a su cargo dos hermanas pequeñas y su propia  madre. Además, el padre era médico, un gran líder en su comunidad, y su viuda no duda en perpetuar y fomentar su espíritu caritativo, sincero, en el buen nombre de su marido, y por pura bondad. Simplemente ayuda a los que la ayudaron. De corazón.

Sin embargo, la hija mayor no puede permitirse sentimentalismos, en tiempos de crisis: homo homini lupus, y claro, la rabia y el odio que ello provoca; incluso la incomprensión y el hostigamiento de la generosidad verdadera. Así que, como debía entregar su última convencional columna, demostró quién era y qué podía hacer en realidad. Ann no era una chica preocupada solo en pulseras de diamantes y abrigos de bisonte… ¿o sí? Al menos, si algo sabía hacer, era escribir. Así que de su brillante y fingidor ingenio emergió, nada más y nada menos, que el personaje de John Doe (en la adaptación española, Juan Nadie) y su pertinaz carta al periódico, cargando contra el sistema corrupto, los políticos, la sociedad, y gritando que se suicidaría como gesto de protesta.

Es muy dignificante, aunque la solución del personaje sea tópica al final de la película, el tratamiento de los personajes femeninos por parte de Capra. Ann Mitchell será tan activa o más aún que Saunders en Mr. Smith goes to Washington (1939). Decir a mujeres de esa talla que se casen, tengan hijos, y se olviden de la exitosa carrera laboral que podrían proporcionarse por su propia valía, resulta increíblemente insultante, y más aún cuando se piensa en todas las mujeres que lo acataron, agradecidas por la parcela que les regalaba el sistema, respirando este tranquilo y confirmándoles paternalmente su buen comportamiento.

Resulta que la carta de John Doe causó un revuelo de altos vuelos, y se llamó a la recién desempleada, ya que había prestado su columna a semejante crápula pecaminoso. Pues bien, ella les revela su ejercicio demiúrgico y como ha jugado ha encontrarse a Cide Hamete, pero claro, una cosa es la ficción, y otra muy distinta, la realidad, siempre presunta, de un periódico. Así que explotando está técnica tan metaliteraria, que, por qué no, también puede ser considerada metacinematográfica, vamos adentrándonos en la horrenda explotación que del quijotesco John Doe hará el propietario del periódico, D. B. Norton (Edward Arnold). Ahora, si Capra hubiera podido mantener durante toda la película la tensión sobre la existencia “real” o “ficticia” de Doe, además de entre los personajes, con el espectador... hubiera sido una pura genialidad. Pero Frank tenía propósitos que cumplir con el New Deal, que por suerte o por desgracia, poco tienen que ver a veces con manierismos de este mercúrico calibre.

También se debe recordar que Frank Capra era un acérrimo defensor del concepto democrático de EEUU, y por ello, oculta en los visos de Norton y sus secuaces las trazas de una organización fascista en potencia, dispuesta a ser la titiritera de un golpe de Estado sin precedentes. La manipulación de los medios de comunicación, la inoculación de sus principios en los clubs…, nada que por desgracia, no se haya puesto en práctica.

En la mente de Ann se confunde su necesidad de supervivencia, consiguiendo mantener el empleo, con la ambición por el dinero que obtendrá gracias a ello; y si al principio, su creación será solo un polemista profesional, este tomará las  dimensiones propias de un líder. Ha tenido muchísima repercusión, todos los estadounidenses afectados por el crack se identifican con él, ¡intervienen para evitar su suicidio hasta las señoronas de la alta sociedad! Doe es un triunfo asegurado en ventas y en prestigio para el periódico. Así que solo queda repetir lo que la multitud ha oído mil veces, pero de otro modo, sin ser ya no más críticos y pesimistas con el futuro, sino infundir ilusión, y si el pueblo comprende o no todos esos tópicos, ya no es responsabilidad de nadie. Porque Norton no tiene ningún problema en lavarse las manos cuantas veces sea pertinente. Pero vaya, ya comenzamos otra vez, resulta que la masa ha empezado a asimilar esa ética tantas veces escuchada y repetida y manipulada, pero nunca aplicada, nunca creída. Y ahora son todos amigos de sus vecinos, hermanos en sus comunidades, solidarios en sus fraternales clubes creados en honor a su nuevo mesías: John Doe. ¿Necesitamos siempre de un becerro de oro para el empuje definitivo…?

Para que el personaje pudiera mantener tal estatus de existencia, claro está, debía saltar del papel a un cuerpo, de la verosimilitud a la realidad más pedestre. De manera que entre los taimados que se presentaron en la redacción, cuando el director, creyendo que ese hombre era de carne y hueso, lo convocó, ofreciéndole trabajo para evitar su repentina y truculenta muerte, evitando tal trago al propietario y a las gentes de bien de la ciudad; entre ellos debía haber un hombre apto al que le valieran las vestiduras de Doe, y ahí tenemos a John Willoughby, Gary Cooper en traje de vagabundo, cuando solo verle aparecer en la sala, Ann y cualquiera sabe que nació para vivir en esmoquin.

Y de aquí, al estrellato, evidentemente. Willoughby había sido una gran promesa de béisbol, frustrada por una lesión en el codo, y con el hundimiento de Wall Street se había unido por afinidad armónica con otro viajante, apodado Coronel (Walter Brennan). ¿A dónde han ido estos maravillosos secundarios? Se merecen todos los ubi sunt.

Coronel es el eterno fugitivo, que confunde el escapismo con la libertad. Desde luego, su teoría sobre la esclavización que causa el dinero es remarcable, pero al fin deja cierto regusto de irresponsabilidad. Y sin, al menos, un poco de conciencia de causa y consecuencia, no se puede construir absolutamente nada. Evidentemente, la nada está tutelada por una falsa sensación de espontaneidad y naturalidad. Convertir la huida en vida solo es miedo. Aunque Coronel será el único que, con esa desconfianza huraña teñida de temor, preverá en qué se convertirá su camarada de puentes.

Porque, la pregunta no es quién es John Doe, si no, ¿quién es John Willoughby? ¿La eterna estrella incumplida? ¿Un vagabundo que se desmaya ante la idea de ni poder alcanza un buen desayuno? O… ¿es este John otra creación de Ann? ¡Fecunda demiurgo era la periodista! Ya que consigue revivir en ese inconstante el hombre ejemplar que fue su padre, o más bien la imagen que del fallecido quedó en su recuerdo y el diario que guardaba amorosamente la viuda, acariciando la remediadora memoria.

Examinar la sorpresa permite desmontar pieza a pieza el deslumbramiento , y es muy fácil si nos permitimos conocer este doble protagonista. John Doe tomaba todos los valores del padre de Ann, y Willoughby, a fuerza de repetirlos ante las multitudes, se convence y los asume; y aunque sabe que es, precisamente, un don Nadie y por ello no puede oponerse a Norton y sus secuaces; pero por ello mismo, con sus pequeños gestos lo intentará, y en una reflexión que recuerda a las más lucidas, explícitas y, ojalá hubiera sido tan revolucionaria como las de Espartaco (Stanley Kubrick, 1960), y más idealistas…, el poder será de la población, que una vez hermanada y unida y fundida por el amor, será indestructible, puede que su triunfo no sea hoy, ni mañana, pero algún día prevalecerá el Bien. O al menos, nos quedará saber que gente como Norton eran unos indeseables, sanguijuelas que solo tenían dinero, y nada más. Encarcelados en sus megalomaníacas mansiones como acobardadas Rebeccas.

Pero descubrir que tu amor forma parte de tal complot político-ético-moral, y después de haber escuchado las desgracias de guerra con lacrimógenas dosis de patriotismo del director del periódico, es simplemente letal. Además, pulula por allí el sobrino de Norton, aspirante a domador de Ann mediante la administración del matrimonio con diamantes.


Capra es en exceso deudor de su tesis roosveltiana para perjuicio cinematográfico, ya que al final, siempre te quedas con ganas de más, y ¡ya van dos bodas que me pierdo: la de Clarissa y Jefferson, y la de Ann y John! Al margen de mi cinéfila natural morbosidad, Frank, en cuanto ya ha descongelado el corazón del espectador mediante una catarsis basada en la empatía, el espíritu navideño a destiempo y el romanticismo marca de la casa: The End.


Anna Montes Espejo






No hay comentarios:

Publicar un comentario