domingo, 14 de febrero de 2016

RECOMENDACIÓN 58: ALDECOA, YOUNG SÁNCHEZ, CAMUS


Aldecoa, Young Sánchez, Camus





En 1959, Ignacio Aldecoa publica el que será su cuarto libro de cuentos, El corazón y otros frutos amargos. En él incluyó un texto que se halla ahora entre los mejores de su producción breve: Young Sánchez. Se trata, probablemente, del primer cuento sobre boxeo que presta verdadera atención a los entresijos de una vida boxística que es, al tiempo, sueño y entrenamiento, un porvenir idealizado y un presente cruel. En 1929, Francisco Ayala había dado a conocer su cuento El boxeador y un ángel, texto bellísimo, onírico y vanguardista; y contábamos ya con una primera gran novela, Doce cuerdas (1949), escrita por el padre de la crónica boxística en España: Fernando Vadillo.


Aldecoa desviste al boxeo de cualquier ornamento espectacular, de gloria y de fortuna, y nos muestra la dura realidad de un joven mecánico, Paco Sánchez, que labora en el turno de noche, y que solo conoce tres caminos: los que parten de su casa hacia el taller, el gimnasio y los bares. Acompañamos a Paco en sus recorridos de un destino a otro, en lo que se nos presenta como el cuadrilátero de su vida: un barrio, presumiblemente madrileño, donde el sueño de Paco, ser campeón y sacar a su familia de la miseria, es también el sueño de sus convecinos; una la galería de personajes que salen al encuentro de Paco y que Aldecoa nos presenta con minúsculas pero certeras descripciones. Las historias de gente pobre son historias colectivas, sueñan todos el sueño de cada cual, proyectan sus esperanzas en un muchacho que lucha, como ellos, por ese porvenir que parece encontrarse siempre lejos, muy lejos. En cambio, las historias de gente rica son generalmente historias de soledades.

Aldecoa comienza su relato por el espejo. Young Sánchez se acicala en el vestuario del gimnasio y mientras decide a qué mechón dar protagonismo en su rostro, el autor nos describe la miseria de un lugar lleno de esperanza, humedad y roña. La minuciosidad de Aldecoa es la de un olfato sin remilgos. De mucho le sirvió al escritor vasco acudir en compañía de Manuel Alcántara a los combates de boxeo que el arcángel del articulismo español, poeta malagueño curtido de jazmines, relataría con pulso de nicotina en las páginas de Marca a partir de 1967. Uno y otro tienen la mirada piadosa de quien no calla lo que ha de ser contado. 

En el caso de Aldecoa, la recreación que ofrece en su relato lo lleva a atender el detalle de un muchacho “que salía al ring con todo prestado: las zapatillas, los calzones y la camiseta; con una toalla amarilla, que era lo único suyo, por los hombros”. En un combate en Tenerife, hace apenas tres meses, vi a este muchacho, sesenta años después, en otro joven que subió al ring -un ring que se tambaleaba en condiciones denunciables para el siglo que pisamos-, con unas zapatillas -en Canarias las llamamos tenis- tan desgastadas que la suela debía tener el grosor del papel de fumar. De seguro sentía aquel chico en la planta de los pies el frío de la tarima. Una camisilla, que lo enfundaba en su condición amateur, blanca antes de que la besara el carmín de la lejía, cubría como una cebolla de Orihuela el hambre de vencer. Nunca he admirado a nadie con más corazón que a aquel muchacho valiente, cuyo brazo el árbitro no levantó, pero que domó, para mis ojos, al perezoso destino que concede tan pocas oportunidades.

Los boxeadores son seres subterráneos. Lo son porque pertenecen a una élite de honestas almas que pocas personas admiran en estos tiempos, y porque suelen brotar en un campo donde duerme la sequía y envejece la hojarasca. Quizás Aldecoa lo percibió también así porque Paco Sánchez despega el cuento en las tripas del gimnasio para ir directo a las entrañas del metro y luego a laborar en el turno de noche. La luz del pensamiento es la única que alumbra las semanas previas a su primer combate profesional. Este es el tema de conversación que lo ocupa en los pocos escenarios de su vida y que entusiasma a quienes lo rodean y comparten su voluntad y su incertidumbre. Dos semanas restan para que se enfrente al zurdo Bustamante en Valencia. Un púgil que cuenta con la experiencia de siete combates disputados: cinco victorias, uno nulo y una derrota. Sánchez irá solo, sin un segundo de su confianza que lo atienda. La soledad más mezquina es aquella en la que eres literalmente uno.

En casa la vida es otra calle solitaria donde se cuelan el frío y el desánimo. La madre, preocupada y enferma, lleva un “vestido negro cosido y roto, recosido y roto, y roto”. Aldecoa es tan bello en su precisión que duele en el papel como el bisturí en la carne. Lo ha dicho todo en este verso que se cuela en la austeridad del párrafo. La hermana lo cuida con su triste porte de mujer fea, silenciosa y cabizbaja. El padre, en cambio, vocifera su orgullo, habla del hijo como si él mismo calzara los guantes, y eso incomoda a Paco, que se escabulle del entusiasmo paterno y alarga su sombra en otra taberna.

Es este un tiempo en que muchos tenían una “fe ciega, heredada, en la prensa”. El padre de Paco le pregunta si ha echado un vistazo al Marca para ver si hablan de él. Un guiño que Aldecoa lanza a la profesión del cronista boxístico, a la importancia del papel que habla, de la palabra certera y la imagen precisa.

Alrededor de Paco todo es nerviosismo. El relato apura la trama, a través de sus siete bloques textuales, para acercarnos con la mayor premura posible al momento del debut profesional. Hay tiempo, no obstante, para la reflexión del oficio. Paco ya ha combatido con boxeadores viejos, esos hombres que “no dan ni un síntoma de flaqueza”. Y aunque venció a uno de ellos, “no supo hasta el último momento si iba a ganar o a perder”. Esto es lo único que le interesa a Paco, los instantes del ring, la cadena de asaltos que dan sentido a su esfuerzo. Por este motivo, Paco no entiende que su maestro lo envíe al despacho de un empresario hablador, que empata cigarrillos y presume de que le divierte ayudar a los que pueden ser algo. Él obedece, y por eso está allí, estrechando la mano lánguida y desconocida de ese a quien le gustan “las cosas donde hay sangre”.

En la última entrega del relato, Paco se prepara en la cabina que comparte con su rival. El segundo lo asiste con más dedicación de la que se esperaría, pero Paco no confía, apenas atiende a sus indicaciones. Solo piensa en una cosa: “Tengo que ganar”. El combate comienza. Está lejos de casa. El relato termina.



Aldecoa pone un punto y final que el lector recibe abruptamente, porque hemos acompañado a Paco en su lucha interna y deseamos ahora conocer el desenlace; pero Aldecoa sabe que los boxeadores llegan a la lona con todo lo vivido y no será nunca la victoria o la derrota el final de sus experiencias. Ni la derrota es fracaso, ni la victoria definitiva, porque otros vendrán que nos venzan, otros fracasarán cuando no estemos. El boxeador logra en el combate su propio sentido: aprenderá de la victoria que nada es imposible y comprenderá con la derrota que es posible perder.

Mario Camus se enfrenta con la adaptación de Young Sánchez a su segunda película. Apenas tenía veintiocho años y, recién salido de la Escuela Oficial de Cinematografía, un año antes había dirigido su ópera prima, Los farsantes (1963), que junto a Cómicos (1954), de Juan Antonio Bardem, y El viaje a ninguna parte (1986), de Fernando Fernán Gómez, forma la gran trilogía española sobre la vida de los actores, cómicos de la legua, faranduleros de nuestro país, cuyas penurias, sueños y tormentos quedan para siempre inmortalizados en estas obras sobresalientes.

Según nos cuenta Camus, tras dirigir Los farsantes le ofrecen el encargo de adaptar el cuento que nos ocupa, tarea que realiza mientras el director Luis Lucia, que era vecino de Aldecoa, figuraba como director del film. Tiempo después, Lucia abandona el proyecto y es Carlos Saura quien toma el relevo. No obstante, quizás por el éxito tan próximo de Rocco y sus hermanos (1960), la película de Visconti, Saura decidió rechazar la dirección del film. Una vez acabado el guion, cuyos honorarios recibe nuestro autor junto a los derechos de la obra, el productor Ignacio F. Iquino plantea a Camus cuál será su siguiente película y el director santanderino apuesta por Young Sánchez, asumiendo Iquino la producción del film.

Camus, como dijimos, conoció el boxeo en profundidad junto a Alcántara, a quien Aldecoa dedica el cuento, y cuyo halo de amistad y sabiduría boxística laten en el texto y en la película. Alcántara es, hoy en día, el refugio de la mejor crónica del boxeo, pero también el oasis de quienes amamos el noble arte y buscamos un referente de prestigio donde mirarnos, con quien sentir que no está todo perdido y que, prestando al pugilismo la palabra en nuestra hora, puede alcanzarse un estado más favorable en estos malos tiempos para la lírica del box. Así lo sintió también José Luis Garci, que cuenta en su epílogo a las crónicas de Alcántara, recogidas en 15 asaltos de leyenda (Libros del KO, 2014), cómo el maestro malagueño y el neoyorquino A.J. Liebling, “son los únicos que han entendido el boxeo como salvación. Sangre, sudor y jabs, desde luego, pero también rescate de una vida difícil. Liberación y lucha. (…) dos humanistas, dos filósofos postsocráticos, dos imprescindibles sociólogos de la cultura popular”. 

El propio Garci incluye el boxeo en sus míticas El crack (1981) y El crack II (1983), donde un Alfredo Landa bogartizado interpreta al expolicía Germán Areta, bigote en ristre, ataviado de un silencio con manos en los bolsillos y malviviendo, que es lo propio, al frente de una oficina de detective donde siembre es invierno. Su barbero de confianza (impecable interpretación de Manuel Lorenzo), idolatra a Rocky Marciano y repite insoslayablemente, afeitado tras afeitado, el combate entre su ídolo y Walcott en Filadelphia o entre Marciano y Joe Louis en el Madison Square Garden, la catedral del boxeo. En un combate al que asiste Germán Areta con unos amigos, se oye entre el público una voz masculina que impropera: “¡No le des en la cabeza, que está estudiando!”, frase que también escuchamos en Young Sánchez y que podría ser, apostamos, un guiño de Garci.

A la hora de tomar el cuento de Aldecoa como base de su guion, Mario Camus parte de los antecedentes fundamentales del relato: su protagonista, el joven mecánico Paco Sánchez, prepara su debut como profesional. Su maestro, su familia, sus compañeros de trabajo y la vecindad del barrio lo rodean, lo animan y conviven con sus sueños. El estático, pero latente recorrido dramático del relato, es tomado por Camus como asidero de sus contribuciones a la acción. Camus plantea un ambiente más dinámico en la familia de Paco, con una madre menos gris que en el relato, una hermana con mayor presencia y un padre que potencia el perfil dibujado por Aldecoa.

El maestro de Paco, que Camus bautiza con el nombre de Paulino y con el mote de el viejo, dueño del gimnasio donde entrena el protagonista, toma gran relevancia en la película y se acompaña de un personaje creado por Camus, el Conca, un boxeador acabado que lleva un año sin pelear, que ha malgastado su concentración en vino y mujeres y que deambula por el gimnasio bajo la protección del viejo. Conca se convierte, por su trayectoria y sabiduría del ring, en un referente para Paco.

Si en el relato el maestro envía a Paco a reunirse con un señor innominado, a quien le gusta “todo lo que tenga sangre”, pero que invertiría capital en la trayectoria del joven aspirante, en la película Camus bifurca esta figura en dos personajes: el que corresponde, en cierta medida, al empresario del relato, bautizado en el film como don Luis Valverde, un hombre de negocios que aprecia el boxeo y apuesta por Paco, y, por otro lado, el gran antagonista de la película, don Rafael Carrasco, un miserable hombre de negocios que, en su caso, amaña combates, explota a los aspirantes y concibe el boxeo como una máquina de hacer dinero siempre con manipulación y sobornos. Carrasco visita el gimnasio de Paulino y pone sus ojos en Paco. Sabe que, llevando a cabo las artimañas ya experimentadas, podrá exprimir los sueños del aspirante hasta destrozarlo, tal y como hizo con Conca, el protegido de Paulino que ya se sabe fuera de toda fortuna.

Con estas premisas, asistiremos no solo al debut profesional de Paco, encuentro donde termina el relato de Aldecoa, sino también a su primer combate como profesional. En el primero, el contrincante que nos desvelaba Aldecoa, Bustamante, que en las últimas líneas del relato esperaba a Paco en su correspondiente esquina del ring, es sustituido en la película por el cubano Raúl Torres. Esta sustitución no responde a un simple cambio de nombre, sino a que el Bustamante del relato, anunciado también en la película, es sobornado por Carrasco y reemplazado por Torres, un veterano superior en edad a Conca, cuyo trabajo sobre el ring será dejarse vencer por KO. Es la artimaña de la que se sirve Carrasco para inflar el ego de Paco y llevárselo consigo. Objetivo que logrará.

Pese a que las advertencias de Paulino y Conca son muy claras, Paco sueña con sacar a su familia de la miseria y convertirse en campeón, por lo que considera que la poca capacidad de acción del viejo y las recomendaciones de Conca servirán de muy poco en comparación con las posibilidades que le ofrece Carrasco. Paco se prepara para su primer combate profesional, animado por la bolsa de dinero que podrá lograr si vence, pero ignorando que ya Carrasco ha ultimado los detalles: sobornar a su contrincante, el púgil Luis Díaz, para que se deje vencer en el asalto acordado.

Camus desarrolla en su película los temas que rodean al boxeo desde el inicio de su profesionalización: la gran manipulación orquestada por organizaciones mafiosas. Los boxeadores se convierten en marionetas que los gánsteres de turno accionan a su antojo, poniendo en juego su salud y su ilusión. Gran acierto de Camus el de relatar cómo estos tejemanejes también tienen lugar en nuestro suelo, al igual que ocurre en historias eternas y cuadriláteros extranjeros como Nadie puede vencerme (1949) y Más dura será la caída (1956), claros y grandes referentes de la vena mafiosa que Camus nos cuenta.

Pese a que Camus desmenuza detalles que Aldecoa presenta con su poderosa capacidad de síntesis, el director santanderino refleja la naturaleza subterránea de la que hablábamos más arriba. Conocemos a Paco en el metro, lo acompañamos al ring en un combate amateur donde lo vemos pelear por vez primera, luego vamos con él al bar, siempre de noche, más tarde a casa y finalmente al taller. De interior en interior, Paco nos conduce por sus espacios techados, sus machadianas galerías, donde brilla la luz de su pensamiento, una conciencia rodeada de silencio donde nada subraya la ilusión. Camus desprovee su película de banda sonora y nos hace sentir en la respiración de sus personajes, en las pisadas que se deslizan sobre la lona, en el gentío que puebla las aceras o en la calle solo advertida por el sereno, que la vida es dura.

La ausencia de banda sonora se condensa en la impecabilidad de una fotografía que rotula con sobria desnudez los sentimientos y fatigas de la población del film, unos seres que prenden en su interior el blanco y negro que los retrata. Sin duda, Young Sánchez es la historia de un protagonista, pero dada su condición social, el personaje es lo que es en la colectividad, y aunque solo él conoce los entresijos de su conciencia, Paco Sánchez vive en una colmena que no descansa. Estas reflexiones hubo de tenerlas muy en cuenta Julián Mateos cuando dio vida al boxeador que nos ocupa, pues logró una interpretación unánimemente aplaudida, una de las cotas actorales de su carrera, muy pronto interrumpida para convertirse en un exitoso productor de cine en los ochenta, con títulos como Los santos inocentes (de nuevo con Camus),  El viaje a ninguna parte y El niño de la luna.

El palmarés de Young Sánchez demuestra la acogida entusiasta de la crítica, que la ha convertido en una película de culto y en una de las mejores rarezas con que cuenta el cine español de los sesenta; pensemos también en Crimen, El extraño viaje, La niña de luto o De cuerpo presente… La película triunfó en el Mar del Plata Film Festival, donde logró los premios a mejor director y mejor guion, además de mejor actor para Mateos, que sumó este galardón al Fotogramas de Plata, el Sant Jordi y la Medalla de Oro del Círculo de Escritores Cinematográficos de España por su interpretación.



Cuando Paco termina su primer combate como profesional, regresa al bar de costumbre en busca de la única persona que verdaderamente lo entiende, el viejo Paulino. El maestro, en compañía de Conca, se bebe la impotencia de haber perdido a su mejor muchacho. Se lo llevó la ilusión cuando esta se convierte en una ciega ambición que todo lo justifica. El púgil lo sabe, pero el tiempo corre deprisa, el estómago no disimula su impaciencia, y él se considera la única esperanza, la única prosperidad de su familia. El viejo Paulino lo comprende todo, pero ama el boxeo, ha visto muchas penurias pasar, muchos guantes caer, e intenta convencer a Paco para que vuelva; lo enfrenta al espejo donde lo situó Aldecoa en el primer párrafo del relato, pero Paco no quiere. Orgullo, desesperación, quizás la otra cara de la misma impotencia del viejo Paulino. Paco responde increpando, insulta al malo destino, reprocha al maestro que la fortuna es lenta a su lado: “Sé que Carrasco me explota, pero con él podré sacarle al boxeo todo lo que pueda”. Conca se abalanza sobre Paco, intenta reducir la equivocación del muchacho, arrinconar esa decepción que él tan bien conoce, pero las cuerdas se diluyen, el cuadrilátero desaparece y es solo la calle solitaria, el sereno que se aproxima, quien acoge la escena final. Paco huye y Conca le clava en el corazón un arma de irónico filo. Le grita ¡Campeón!


No sabemos qué será de Paco. Quizás recapacite. O aguantará hasta que Carrasco lo destruya. Un día verá en Conca su propia mirada, y el viejo Paulino se sentará a su lado, silencioso y comprensivo, porque la vida pasa y, a su paso, nos arrasa. Quizás guarde en la cartera un recorte de periódico donde su nombre encabeza un combate. Esto último puede ser así, porque un día descubrí que mi bisabuelo, Pedro María, pionero del boxeo profesional en Canarias, guardó en la cartera, hasta su último día, un recorte del diario La Prensa de 1932, donde aparecía boxeando en La Gomera. Luego ese recorte pasó a ser de mi tío-abuelo Ignacio, y ahora está conmigo, amarillento, hecho otoño aquel papel del honor. Mi bisabuelo había perdido el combate y es hermoso que una derrota se guarde con tanto orgullo y que la vida, cuando te recuerde, no tenga otro remedio que tratarte de usted.



Daniel María





DANIEL MARÍA (Agulo, La Gomera, 1985) es escritor, actor y guionista. Ha trabajado en cortometrajes como Roedores, Cabeza de familia, Las musas reparten alcohol y Coreografía (protagonizado junto a la actriz Emma Cohen), así como en los espectáculos de monólogos MonoloGordo y Endanimoniado (Ganador del Certamen de Monologuistas de La Guancha, Tenerife, 2006). Codirigió la Escuela José Manuel Cervino de Teatro y Cine de Arafo hasta su cierre en 2009 y ha impartido diversos talleres de interpretación.

Publica artículos sobre literatura y cine en Travelarte, Tarantula, La Página, Fogal, Revista literaria de la Academia Canaria de la Lengua y el suplemento cultural El Perseguidor, entre otros medios. En 2013 fue el primer galardonado con el Premio Paco Rabal de Periodismo Cultural en la categoría de Joven Promesa por su artículo Voz de actriz y se alzó con el XLIV Premio de Periodismo Leoncio Rodríguez. Ha publicado los poemarios Hilo de cometa (2009) y flor que nace en los raíles (2015) y el libro de cuentos (De)función cómica (2009). Es responsable de la edición y novelización del guion literario de la película El extraño viaje, de Pedro Beltrán (2011), con prólogo de Luis G. Berlanga, y de la edición de Los casos de Cargel Blaston (2013), a raíz de su investigación sobre el autor de novelas policiacas de los años 50. Es autor, asimismo, del estudio crítico El caso de la película imposible: El extraño viaje (2011), que recoge su investigación sobre la película de culto dirigida por Fernando Fernán Gómez. Su primera novela, El hombre que ama a Gene Tierney (2013, 2ª edición en 2014), obtuvo el Premio de Edición Benito Pérez Armas 2011 y su segunda novela, Un crimen lejos de París, apareció en 2014 en la colección G21. Narrativa Canaria Actual. Posee también el Premio Internacional Jóvenes de la Macaronesia de Poesía (2005), el Premio Félix Francisco Casanova de Poesía (2007), el Premio de Teatro de Autor de la Escuela de Teatro de S/C de La Palma (2009), Mención Especial del Jurado del I Festival Telde Digital Express 2006 al guion de Sobre ruedas y la nominación al Mejor Cortometraje con proyección internacional del III Festival Internacional de Cine Digital El Sector (Madrid) por Agua mineral.

Fue secretario de redacción de la revista cultural La Página (2009-2012), de la que editó los números 81-82, 88 y 94-95, dedicados a la película El extraño viaje, a la insularidad en la literatura hispánica y a la obra de Narciso Ibáñez Serrador, respectivamente. Miembro de diversos jurados en certámenes de poesía y relato, en 2009 actualizó y amplió la sección de literatura canaria de GEVIC (Gran Enciclopedia Virtual de las Islas Canarias). Para la Academia Canaria de la Lengua ha elaborado los perfiles biobibliográficos de José Rivero Vivas e Isabel Medina. Como dramaturgo estrenó la obra Piso Shivá (Compañía de Ramón Perera) en el Museo de Historia de los Judíos de Girona en el marco del XIII Festival Internacional de Teatro Amateur de Girona. 



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