domingo, 18 de septiembre de 2016

RECOMENDACIÓN 75: REVOLUTIONARY ROAD


Revolutionary road



La historia que nos cuenta Revolutionary Road (2008), dirigida por Sam Mendes, nos propone un dilema que podría afectarnos. Para quedar atrapados en él, solo haría falta aceptar la consciencia de alguna insatisfacción profunda, que afectase a la raíz misma de nuestra vida, y sentir al mismo tiempo la sospecha de que podría tener una drástica solución a la que deberíamos atrevernos. Nos encontramos ante una de esas películas americanas que, en lo últimos años, mejor han demostrado la férrea consistencia que da la antigua fórmula de un buen guion junto a unas brillantes interpretaciones. Leonardo DiCaprio está muy correcto, pero es Kate Winslet la que me impresiona y me hace llegar con dolorosa profundidad todos los recovecos de su desamparo. Pero, si hurgamos en sus antecedentes, nos damos cuenta de que poco genuino mérito puede apuntarse el guionista, pues, en las mejores escenas, se tomó la acertada decisión de respetar el texto originario, el de la homónima y excelente primera novela de Richard Yates, publicada en 1961.

Frank está casado con April. Ambos viven una vida de lo más vulgar, pero se creen tocados por una forma de ser especial y hay quienes lo corroboran. Esa percepción apenas tiene fundamento, tal vez esté motivada  por el reflejo de un estilo superficial que ellos cultivan leve y vanidosamente. Ella es ama de casa. Tienen los dos hijos preceptivos. Son unos pequeños burgueses que viven en el extrarradio de la gran ciudad, que se distraen cortando el césped de su casa, que beben mucho para soportar el tedio al que siempre vuelven.

April ha intentado modestamente salir de su inocultable mediocridad. Se ha apuntado a una compañía de teatro de aficionados, pero el día del estreno, tanto la obra como su actuación personal resultan un fracaso. Ello desencadena la explosión de su descontento existencial, los brotes de su neurosis. Le propone a Frank que se vaya a vivir a París para que él encuentre su verdadera vocación. Él recibe esta propuesta con indisimulable sorpresa. Es verdad que tuvo también esos sueños, pero ahora prefiere la seguridad en la que vive, el desaliento laboral mitigado por una amante a la que ha empezado a frecuentar. Se halla ante una encrucijada difícil. ¿No es la base de una exitosa relación marital la confluencia de intereses? La rigidez del matrimonio, en esa situación de divergencias tan radicales, crea tensiones violentas, frustraciones producto de la dependencia del otro. Él elige salvar el matrimonio, para lo que acepta zambullirse en ese proyecto tan vertiginosamente incierto. Finalmente, sucumbe y hace suya esa idea temeraria.

El sueño persistente de April, encerrada en su casa, es, en la más mundana vida de Frank, una construcción frágil. En él, pugna lo racional. Tras sus sentimientos volubles, la atracción del conservadurismo le resulta a menudo irresistible. Visto desde fuera – y desde la pospuesta mirada de Frank - lo de ella parece un capricho de niña aburrida e insatisfecha. Aunque su coartada es muy convincente: lo hace por él, es ella la sacrificada, la que se pondrá a trabajar en París, a llevar el sueldo a casa, mientras él ganduleará de forma supuestamente inquisitiva. Pero es en este punto sobre el que Frank ha puesto más reticencia. Su discrepancia está en la idea de que él no es un escritor, un artista, profesiones para las que se supone una cierta necesaria libertad para sobrevivir ante la amenaza de la casi segura claudicación y el olvido. Ella le responde que no únicamente esos profesionales tienen derecho a averiguar si están dotados para su vocación. Podría ser que uno al fin descubriera que quiere ser albañil, pero ha de serlo consecuentemente con su más hondo deseo. El caso es abandonar la náusea cotidiana de la sumisión, la inercia consentida, los presupuestos paralizantes.

Durante un tiempo, esta certeza de la posibilidad de la huida, de la reconversión, modifica la realidad diaria, la convierte en más liviana. La sorda enemistad que mantenían ante ella se atenúa. Ahora, todo es perdonable, porque pronto va a ser superado. Todo puede estar siendo por última vez. Ya no es necesario mancharse, detestar suciamente lo que oprime. Se mira al monstruo de la represión con una emergente condescendencia. Pero un día, Frank, involuntaria, displicentemente, realiza un informe que llama la atención de un superior de su empresa. Este le ofrece un ascenso a un grupo elitista, un sueldo mucho mayor. Entonces la frágil connivencia con su esposa se tambalea. ¿Debería considerar que lo están intentando comprar, seducir, chantajear emocionalmente con el fin de desactivar sus apetencias de libertad? ¿O debería aprovecharse de la empresa, aceptar ese ascenso, en aras de un sueldo de los que confieren poder, un reconocimiento de los que reparan el ego? En principio, pensando en April, más que en sí mismo, se resiste, pero ya ha calado en él muy hondo la tentadora semilla de una brillante seguridad. Es el momento de dudar, de pensar en qué se ha basado uno para creer en su propia superioridad: ¿en algunos sarcasmos? ¿En miradas compasivamente arrogantes? Más tarde, para retractarse de sus planes, recurrirá a la coartada de la responsabilidad, de la sensatez, a la ciega creencia en la razón de la vida, que se refuerza con su deseo de que nazca el nuevo hijo, originado accidentalmente. Es la tentación del reconocimiento, de ser alguien, tal vez no él mismo - ¿y qué es esa entelequia? - , pero allí, en la vida tangible, al menos no un igual depositado en lo más anodino de la hormigueante pirámide.


La película recoge muy bien la esencia de la novela, aunque, como es normal, debido a la desigualdad de sus duraciones, hay partes de esta que deben quedar excluidas. Entre ellas, estarían dos incursiones en la vida de los personajes que hubieran dado lugar a dos flashbacks muy interesantes. Por una parte, la relación de Frank con su padre, y por otra los padecimientos que sufrió April en su infancia. Yo echo a faltar muy especialmente la traslación de esas páginas en las que deducimos esa sensación que tiene Frank de haber heredado el fracaso de su padre. Este, había sido un fiel trabajador de la Knox. Había soportado numerosísimos traslados que había padecido su familia. Pero, llegado a un punto, parece que por fin va a haber un reconocimiento de su labor. Frank acude a New York con su padre. Tienen una cita con su jefe. Este los lleva a un partido de beisbol. Parece, al fin, la escenificación de un homenaje, de la paternal presencia de la empresa, pero todo acaba mal. A los pocos días, su padre se entera de que no ha sido ascendido al puesto que vislumbraba. A partir de ahí, sufre una catarata de degradaciones que terminan en su jubilación, en una muerte prematura. De ahí, se deriva una falta de admiración a la figura del padre, pero, carambolas del destino, Frank acaba entrando en la misma empresa. Allí permanece, aburrido, asqueado, desincentivado durante muchos años.

Revolutionary Road retrata al espectador corriente, a aquel mayoritario que no ha sabido rodearse de una vida estimulante de por sí, que neuróticamente tiene que recurrir a drogas varias, como el alcohol, los deportes, el atontamiento a través del televisor o las huecas relaciones sociales. Pero, ese espectador, puede elegir entre la posibilidad de censurar su mala conciencia y taparla con sus creencias pragmáticas, o permitirse un duro ejercicio de honestidad consigo mismo. Los Wheeler habían decidido tener una vida secreta, una verdadera y valiosa vida hacia dentro. Pero, luego, dudan de que la hayan conseguido, de que esté verdaderamente sustanciada. Sospechan que se están mintiendo a sí mismos, y que solo si se exponen alcanzarán una verdad honesta, estarán a la altura de sus sutiles narcisismos. “Las circunstancias económicas podían obligarlos a vivir en ese entorno, pero lo importante era evitar ser contaminado por él. Lo importante, en todo momento, era recordar quién era uno”, nos cuenta Yates. En su momento, lejos de tomar cualquier riesgo, gratuitamente, henchido de su vistosa lucidez, Frank, irónico, le gritaba a su pasmado auditorio: “Seamos buenos consumidores y que exista una gran uniformidad, y eduquemos a nuestros hijos en un baño de sentimentalismo (papá es un gran hombre porque se gana la vida, y mamá una gran mujer porque ha aguantado a papá todos estos años”. O, seguro desde la atalaya de su supuesta superioridad: “Este país es a todas luces la capital psiquiátrica y psicoanalítica del mundo”.

Lo que prima al final es la fragilidad de lo que resulta evanescente, la negligencia ante las posibilidades no apremiantes, que están ahí, para que las tomen los valientes, aquellos que no tienen que mirar a sus lados para estimar lícitos los pasos que necesitan dar, independientes del gregarismo institucionalizado. Cuando vi esta película por primera vez, me impactaron esas imágenes de la Estación Central de Nueva York, con esos enjambres de hombres vestidos casi idénticamente, con igual corte de pelo, con el obligado sombrero. Y también pensé en mi vida y la de casi todos, en esos rumbos que consumen tantos años irrecuperables y que tal vez hayan abortado discretas y maravillosas promesas.


Javier Puig

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