domingo, 25 de septiembre de 2016

RECOMENDACIÓN 76: MR. HOLMES

MR. HOLMES


El lector utiliza las descripciones de los escritores para construir en su imaginación los personajes que este le presenta. El que para uno es alto, algo gordito y con una perfecta nariz, para el otro es un poco canoso, fibroso y dueño de unas manos bellas con uñas demasiado largas. Es una de las magias de la literatura.




El cine –“me gustó más el libro”- viene unas veces a confirmar nuestras sospechas sobre el protagonista; otras, en cambio, crean contradicción en el lector/espectador: ¿quién es ese que yo creía dueño de otros gestos, de otras poses, de otra sonrisa y una voz menos chillona? Y así ocurre siempre, ese juego de fronteras entre la decepción y el alivio.

¿Pero qué ocurre cuando el cine utiliza al personaje para ir más allá, para humanizarlo, normalizarlo, y contar una historia cuasi cotidiana en la que la identificación no ocurre con el ser que residía en la mente del espectador, sino con el propio espectador y su existencia? Ocurre en Mr. Holmes, una película que tiene al afamado detective imaginado por Conan Doyle como protagonista, pero que se construye como una fábula sobre la vejez, la senectud y la soledad.

Porque sí, el actor Ian Mckellen es Holmes, pero lo es a los 93 años: retirado, triste, solo, reflexivo y, lo más importante, desmemoriado. El largometraje, firmado por Bill Condon, se centra en la lucha del brillante detective contra su propia decadencia. Incapaz de recordar por qué se retiró hace treinta años, Holmes pugnará contra las sombras oscuras que pueblan su memoria para entender el por qué ahora se encuentra en una agradable casa de campo dedicado al cultivo de las abejas.

La acción, desarrollada en tres espacios temporales distintos –Tres décadas atrás, investigando el caso por el que se retiró; en un viaje reciente a Japón y en el presente- dejan espacio para que Mckellen explore los distintos estadios de la vejez, que muestra con brillantez. Es, más que la de un detective, la historia de un hombre que se niega a darse por vencido.

Tal vez sea solo por el personaje, al que Mckellen se encarga de dar la profundidad suficiente para resultar atractivo, por lo que merezca la pena disfrutar la película. La trama, que no llega a alcanzar la profundidad ni el ritmo necesarios, quedan en un segundo plano de interés: es Holmes, su torpeza, sus ojos azules buscando inútiles un recuerdo, una luminaria, lo que invita a la reflexión.

Porque, al cabo, a todos nos llegará la vejez, la decrepitud. Porque, aunque no lo creas, tu muerte está más cerca de ti que cuando comenzaste a leer este texto.



Daniel J. Rodríguez

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