domingo, 6 de noviembre de 2016

RECOMENDACIÓN 82: UN MONSTRUO VIENE A VERME (por Carmen Juan)

Un monstruo viene a verme


A estas alturas es ya innegable lo que muchos suponían: la última película de Bayona iba a dar mucho que hablar. Un monstruo viene a verme ha sido un rotundo éxito de taquilla, como lo fuera en su día El orfanato o, de modo mucho más aplastante, Lo imposible, pero no se ha librado de las críticas que la tildan de comercial y efectistaSe dice del director que sabe siempre apelar a la sensibilidad —y, para qué negarlo, a la lágrima relativamente fácil— del espectador, que depende en gran medida de los guiones escogidos. No iba a ser diferente en esta ocasión. La historia narrada en este largometraje es una adaptación rigurosa de la novela juvenil del escritor norteamericano Patrick Ness, que en su momento ilustró maravillosa y espeluznantemente Jim Kay y que fue galardonada con las medallas Carnegy y Greenaway.



Se trata, como digo, de una interpretación cinematográfica casi exacta, porque el guion es del propio Ness. En definitiva es un volcado del papel a la pantalla, respetando cronología y diálogos de manera literal, de la historia de un muchacho de doce años que se enfrenta a la enfermedad y la predecible muerte de su madre. En una entrevista en The Guardian, el autor explica cómo recogió el testigo de la escritora Siobhán Dowd, quien paradógicamente falleció de cáncer antes de desarrollar la idea original que cimienta Un monstruo viene a verme. Conor,  interpretado con una pulcritud exquisita por Lewis MacDougall, no debe únicamente asumir algo tan indeseable como la pérdida de un ser querido, que lo arrastra sin remedio y a marchas forzadas a la madurez emocional. Además, debe hacer frente al acoso escolar y reconocer un sentimiento de culpa que nadie se atreve a pronunciar delante de otra persona. 


Como en numerosos (y ya míticos, como La historia interminable) cuentos para niños llevados también al cine, es crucial la aparición de un ser imaginario que acompañe al protagonista en su viaje, y el monstruo, a quien Conor no llega a temer en ningún momento —¿acaso se puede temer algo más que la muerte de una madre?— será el perfecto guía para este viaje hacia la edad adulta. Un tejo adoptará su estado antropomorfo a una hora concreta para ir en busca del niño y contarle hasta tres fábulas «reales» en las que nada es lo que parece, los buenos no lo son tanto y los supuestos malos no son merecedores del castigo. En la película, Bayona aprovecha estos interludios para presumir de una preciosa técnica de animación basada en la acuarela, a cargo del estudio barcelonés Headless, que sorprende y emociona sin embargo solo en el primero de ellos.

Nuestro personaje principal escucha con cierto escepticismo los relatos del árbol y descubre, simultáneamente, que también conoce a una bruja cuyas intenciones no son tan terribles, a un príncipe querido por sus vasallos pero que esconde un violento secreto, o a un hombre invisible que solo desea ser percibido por los demás y resulta ser él mismo. Mientras tanto, la inminencia de la historia que Conor debe contarle al monstruo se hace más y más pesada, ya que su madre (Felicity Jones), no responde al tratamiento y se precipita hacia el oscuro agujero que es la muerte. Cuando se acerca la hora —«casualmente» la misma a la que se aparece el tejo—, Conor se ve obligado a confesar su verdad, esa a la que tanto teme y que no es, o no solo, la muerte de su madre. El niño carga con una responsabilidad que no le corresponde y desea que el sufrimiento termine. El perdón de su abuela (una desaprovechada Sigourney Weaver), la emotiva despedida de su madre y la presencia del monstruo, hacen que Conor comprenda también la lección de la última historia.

A pesar de las contadas licencias del guion con respecto a la novela, como las dotes pictóricas tanto de Conor como de su madre y la omisión del personaje de Lily, fundamental en el libro, poco hay que reprochar al resultado definitivo, salvo quizá el (segundo) final de la película, de cualquier modo prescindible. Más o menos efectista, más o menos comercial y destinada a un público de mayor o menor edad, el mensaje es claro: acabar con el dolor propio es, según la traducción de Carlos Jiménez Arribas, «el anhelo más humano que hay». Y eso no es culpa de nadie.





Carmen Juan

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