domingo, 7 de mayo de 2017

RECOMENDACIÓN 98: EL CLUB DE LOS POETAS MUERTOS


“¡Oh capitán, mi capitán!”

¿Cuántas veces hemos soñado con formar parte de la clase del profesor Keating? ¿Cuántas no hemos querido subirnos a esa mesa y gritar a viva voz el verso de Whitman? Los amantes de la Literatura y del Cine tenemos, en El club de los poetas muertos, una de esas películas que ocupa el cajón de imprescindibles de casa. El film, protagonizado por Robin Williams, nos ha hecho buscar de un modo incansable ese profesor, aquel que fuera capaz de inocularnos la pasión literaria, que prendiera la llama de la Palabra.



El club de los poetas muertos, dirigida por Peter Weir en 1989, se ha convertido en uno de los trabajos más celebrados de Williams, que se metió en la piel de un apasionado profesor de Literatura capaz de traspasar a los fríos alumnos del colegio privado en el que trabajaba con sus enseñanzas, que iban más allá de los comentarios contenidos en los libros de texto. Si hubiera que definirlo de una manera rápida, carpe diem sería la mejor forma de hacerlo: Keating demuestra a sus alumnos que la vida es una y pasa rápido, y que mejor tomar la iniciativa y vivir, sentir, amar, discutir, notar, al cabo, cómo la sangre fluye por nuestros adentros y nos permite formar parte de este mundo.

“En mi clase aprenderán a pensar por Uds. mismos. Aprenderán a saborear la palabra y el lenguaje. Porque, a pesar de lo que les digan, la palabra y las ideas pueden cambiar el mundo”, dice el profesor Keating en algún momento del filme. Y no solo lo dice, sino que lo demuestra al exponerse ante sus alumnos con su cara más sincera: inconformista, políticamente incorrecto y, sobre todo, libre.

Williams ayudará a sus alumnos a salir del camino que todos esperan que ellos recorran, a mirarse al espejo para hacerse la más terrible de las preguntas: ¿Quién soy? ¿Qué quiero ser? ¿Quiero ser aquello que los otros esperan que sea? “Hagan de su vida algo extraordinaro”, responde el peculiar profesor a sus alumnos.

Es especialmente un pequeño grupo de estos alumnos lo que mejor parecen captar el menaje que le lanza el mentor y es atreven a vivir contra los dictados de aquellos otros –colegio, profesorado, familiares y compañeros- que les empujan a vivir en el rebaño de lo científico, de lo demostrable, de lo no sentimental. Y esa ‘guerra’ es la que centra este canto a la libertad que es El club de los poetas muertos.

El espíritu de los poetas románticos –Whitman, Byron, Keats…- sobrevuela toda la historia, esa carrera de los jóvenes que descubren que hay otra vida, otra meta, otro destino. Sus versos lo empapan todo. Volvemos al principio: ojalá más de uno de nuestros profesores hubiera levantado la mirada del libro, hubiera mostrado su emoción ante los textos, hubiera vivido para sus alumnos.


No se trata El club de los poetas muertos, de una película basada en un libro; es, más bien, Literatura hecha cine. Así pues, lean.



Daniel J. Rodríguez

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