domingo, 18 de junio de 2017

RECOMENDACIÓN 101: EL INOCENTE de VISCONTI (por Javier Puig)


SOBRE EL INOCENTE
DE LUCHINO VISCONTI


El inocente es la última lección magistral que nos dio Luchino Visconti. Y lo hizo abundando en sus constantes estilísticas. Volvió a situar la acción en la aristocracia, para así poder componer un interiorismo de palacios absolutamente mundanos, con su habitual profusión y diversidad de objetos lujosos. Aquí, dio prioridad a los tonos rojizos, envolviendo la trama en un color afín a la pasión que envuelve a los personajes.

Visconti adaptó esta vez una novela publicada en 1892, escrita por Gabrielle D´Annunzio, la  figura más eminente de la literatura italiana de finales del siglo XIX y la primera parte del siglo XX. El relato le permitía desplegar todo el lujo y la decadencia habituales en la mayoría de sus películas, además de unos personajes enfebrecidos por la pasión y cuyas posturas éticas son radicalmente distintas. Con estos mimbres - con la exaltación de un esteticismo superficial y con la clásica historia del triángulo amoroso llevado a una alta cota de dramatismo -,  en otras manos, esta película podría haber derivado en un folletín de lo más burdo, pero bajo la equilibrada sensibilidad del italiano, se convierte en un relato intenso pero contenido, exhibicionista pero también profundo, de fuertes pasiones eróticas que se entrelazan con las graves cuestiones éticas.

D´Annunzio siempre fantaseó con la idea del superhombre. Desde  que leyera a Nietzsche, se arrogó una cierta posibilidad de asumir las nuevas virtudes que proponía el  filósofo alemán. La vida del escritor italiano no estuvo presidida por el orden y la formalidad que el entorno espera de alguien inteligente, sino por un egoísmo y una prepotencia que arrasaban todo lo que era más frágil. El escritor era un mujeriego compulsivo, un consumidor                                            de lujos que dejaba a deber, un apologista de la guerra, un nacionalista contumaz y un devoto de la deidad de sí mismo.

El protagonista de esta historia, Tullio, como todos los que creó en sus novelas, tiene algo de él mismo. Aparte de esa pasión por las mujeres, a las que convertía en nuevos juguetes, estaba su necesidad, para justificar sus actos egoístas, de abrazar un ideario amoral. Necesitaba  dar coherencia a la postura de estar más allá del bien y del mal que le convenía para no frenar sus éxitos en la vida.

Para interpretar a la sumisa esposa de Tullio, Giuliana, Visconti eligió, curiosamente, a un símbolo sexual de la  Italia de aquellos días, a la bellísima y sensual  Laura Antonelli, que no era solo una mujer hermosa sino una actriz muy convincente en sus morbosos papeles eróticos.  Aquí le toca hacer un papel de esposa de puertas afuera, de mujer dulce y sufrida. Desde hace tiempo, Tullio la ha reducido al papel de amiga, o mejor, más casto aún, de hermana. A Laura Antonelli le toca exhibir una belleza muy recatada y solo en una escena, con - en aquel momento - su enardecido marido, muestra su exuberancia sexual, aunque de forma pasiva, mientras atiende el filosófico discurso con el que él está intentando justificar su habitual iniquidad. Y es que la desfachatez de ese hombre es indignante: “Debes tener paciencia conmigo, como con un enfermo”, le dice a ella, para justificar su cruel egoísmo. Y muy bien, aunque suavemente, le contesta ella: “Un enfermo que se recrea en su propia enfermedad”.

Lo inverosímil de su falta de atractivo ante su marido pronto se desvanece. Ella no puede competir directamente con la amante de Tullio, la también bella Raffo, pero, sin proponérselo, indirectamente, a través del hermano de su marido, conoce a un afamado escritor que se enamora de ella. Lo seduce en escenas que se nos hurtan, tal vez para insistir en los  signos más poderosos de su inocencia. Cuando Tullio se entera de que existe esa relación, entra en celos, lo que le hace resucitar la atracción que en su momento había sentido por su mujer.  Ahora tiene el aliciente de vencer a quien se ha convertido en su competencia y eso le ayuda a mirar a Giuliana con ojos renovadamente apasionados.

El clima de tensión es constante en la película. Sin embargo, pocas veces estalla. Durante mucho tiempo logra ocultarse bajo las apariencias burguesas, en el simulacro de serenidad que promulga una elitista educación. El problema es que ella se ha quedado embarazada del escritor. A partir de ahí, la historia vira en torno al sufrimiento de Tullio, sobrepasado por la inasumible idea de aceptar un hijo que no es suyo. Primero sugiere el aborto. Al fin, sus esperanzas de que no prospere el embarazo, por la mala salud de una madre que también se siente desgraciada, no se cumplen. El niño nace y es insoportable saber que existe. Planea su asesinato y aprovecha una ocasión para llevarlo a cabo sin despertar grandes sospechas. En un día gélido, lo deja en el alféizar de la ventana. Su macabra trama da resultado. Se ha librado de él pero, al mismo tiempo, ha perdido a Giuliana.
La prosa del escritor me sorprendió muy gratamente, por su capacidad para crear una literatura fértil, copiosa, feraz, a partir de situaciones que carecen de frecuentes sucesos pero que originan emociones abrumadoras. La acción de la novela está más limitada que en la película de Visconti. Aporta menos en personajes – la bella Raffo aparece solo mencionada, aunque es verdad que en ella sí aparecen dos hijas pequeñas– y se reduce más a la vivencia de un problema acuciante que al planteamiento ético tan particular que se esgrime en la película. Al novelista, seguro de su prolijidad narrativa, le basta con centrarse en la relación recuperada con su esposa, mientras que el cineasta va más allá.

Si la novela, al fin -tal vez para no escandalizar más de lo que ya lo hizo en la época en que fue publicada-, parece ser una especie de confesión, no ante la justicia pero sí ante sí mismo, ante un probable dios, sin mencionarlo; Visconti ve al personaje como a un ser más envalentonado en sus propuestas radicales, tanto es así que, en un inesperado giro final, agrede al mundo con el espectáculo de su suicidio. Tullio había tenido que volver a su antigua amante y no había soportado ese laberinto, esa odiosa concatenación de causas, en un hombre como él, orgulloso de su dominio de la vida pero atrapado finalmente en una prisión emocional, en una asunción de humanidad rastrera, sucia, excesiva, impropia del soberbio concepto que tiene de sí mismo.

Javier Puig

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