domingo, 24 de septiembre de 2017

RECOMENDACIÓN 105: BELLEZA ROBADA (por Noelia Illán Conesa)


Yo me enamoré de Liv Tyler en esta película. Me enamoré de sus torpes movimientos, de sus silencios. Cuando todavía echaban buenas pelis por la tele, me la encontré una noche de verano. ¿Quién era esa chica? ¿Qué hacía una americana en la Toscana? ¿Qué la había llevado a convivir con todos esos artistas? Escribe, pero no está allí por eso. Yo también quería vivir en la Toscana...

Se trataba de “Belleza robada” (Stealing Beauty, 1996), la película con la que Bernardo Bertolucci volvía a rodar en su Italia después de quince años de ausencia. Fue nominada a la mejor película en el Festival de Cannes y en los Premios David di Donatello. La historia cuenta lo siguiente: una chica americana de 19 años (y virgen, muy virgen, y bien se empeñan en hacérnoslo saber todos los personajes) viaja a Italia tras el suicidio de su madre. Se instala en la casa donde viven unos cuantos artistas en las colinas de Siena, una casa donde su madre vivió antes de nacer ella. Su padre es quien la manda a esas tierras italianas con dos pretensiones: que la esculpa un viejo amigo de su madre y que descubra quién es su padre biológico. La historia gira en torno a esa mujer, la poeta norteamericana Sara Harmon, cuya sombra revolotea a lo largo de toda la película: todos los que allí viven admiraban a Sara, que también participó en su juventud en la “fundación” de esta villa.

¿Por qué una película tan mal recibida por la crítica en su momento y considerada el declive de un gran director me marcó tanto?




Para empezar -y sí: ya sé que esto se dice de las películas “malas”- por su fotografía: Darius Khondji, que ya veíamos en "Delicatessen" (1991) y "Seven" (1995), consigue darle a la película un halo especial. Llena de primeros planos, veloces contraplanos y tonos ocres que reflejan ese verano mediterráneo a la perfección. Consigue un paisaje casi místico, una pequeña arcadia en los campos de Siena. Y yo quería vivir allí.

El gusto por el detalle: en varias reseñas he leído durante estos años que se trata de una película llena de detalles innecesarios, de momentos gratuitos. Todo lo contrario: a mi entender, cada gesto vale por sí solo, y se convierten esas imágenes como en versos de un poema largo. Una sombra, una mano, una canción lejana, el viento…, eso detalles que son precisamente el sello de Bertolucci y que hemos visto en otros títulos. No sólo se ha dicho que está llena de detalles superfluos, sino que además se ha tildado el argumento de pobre y sin pretensiones. Aunque aparentemente no hay una “historia” que contar, creo que esos detalles son precisamente los que nos van dando las pistas para entender el momento que vive la protagonista.

Los personajes -cínicos todos- son elementos imprescindibles en la vida de Lucy. Nos encontramos con los dueños de la finca, los ingleses Ian y Diana, que se mudan a Italia hace ya veinte años para construir esa hermosa casa donde criar a sus hijos. También nos encontramos con la hija de estos, la pequeña y juguetona Daisy, pero también los dos hijos de Diana con su anterior esposo: Miranda, diseñadora de joyas que no sabe elegir bien a los hombres, y Christopher, el joven aventurero que vuelve de Turquía. También se encuentra allí Richard, abogado de artistas y casado, pero que mantiene una relación amorosa con Miranda; es el más ajeno a ese “dolce far niente” y está más preocupado del teléfono que de esa apacible serenidad.

Otros habitantes de la casa son el escritor moribundo Alex Parish (Jeremy Irons), el marchante de arte loco pero gran actor Guy Guilleaume, la periodista italiana (la hermosa Stefania Sandrelli) y joven su amante… De manera puntual aparece un reportero de guerra italiano, Carlo Lisca, que tiene fama de mujeriego y que será muy importante en la vida de Lucy, ya que fue muy amigo de su madre y con ella mantuvo durante años una estrecha relación epistolar.

Todos alejados del mundanal ruido, refugiados en esa especie de Arcadia feliz y protegidos de la vulgaridad. Los dueños, Diana (Sinéad Cusack) y el escultor Ian (Donal McCann), rodeados de un séquito de familiares, amigos y vecinos que vienen y van con extrema libertad: pintan, leen, caminan, tuestan sus cuerpos desnudos al sol…, y mientras agasajan a la dulce Lucy al mismo tiempo no cesan en su deseo de vampirizarla y corromperla. Repito: yo quería vivir allí.

Ella: Lucy Harmon, la representación de la juventud, de la belleza. Llega a esa Arcadia para dar emoción a la vida tranquila y sosegada de esos personajes que la observan como un animal extraño, fascinados por su belleza pero también por su inocencia. Desata en los personajes masculinos el deseo, ya sea de una manera bucólica (en el escritor que la observa como ya lo hacía con su madre Sara, o en el escultor que incluso así se lo dice: “Déjame mirarte. Ni te darás cuenta”), o ya sea de un modo más carnal, como Richard, que sólo deja el móvil para tontear con la joven norteamericana, o el perverso Niccolo. Y aunque todos la deseen, Lucy es todo lo contrario: tímida, callada y con la filosofía simple de su edad. Le preocupa escuchar música en su walkman, escribir en un diario, fumar algo de hierba y perder su virginidad. Es casi una Lolita “nabokiana”: es la mirada de los otros la que contiene la lascivia, mirada que ella rechaza en todo momento. Ella es todo naturalidad, aunque se haya dicho que el personaje sea superficial. ¿Qué esperar de una chica de esa edad? Su único fin de estar en Siena es reencontrarse con Niccolo, su amor de juventud. No hay apariencia y no le interesa lo que preocupa a los personajes que la rodean. Lo importante no es ya que pierda su virginidad, sino que aprenda a ser quién es. Incluso esta transformación la vemos en el vestuario de Lucy, que llega a Siena en tren vistiendo vaqueros y cazadora, y acaba llevando vestidos con motivos florales y faldas vaporosas.

Alex Parish es quizá uno de mis personajes favoritos: el escritor moribundo al que cuida Diana (ojo al nombre parlante de ésta: la diosa protectora del hogar). La relación que se establece entre Lucy y el escritor es la más compleja. Ella se convierte para él en un bálsamo antes de morir: “tu presencia me ha hecho más bien que todos los medicamentos”. En ningún momento se menciona qué enfermedad tiene (insiste en que no es contagiosa), pero su estado es crítico y lo sabe. Quizá él representa en cierto modo el tema básico de esta película: la decadencia social europea, el sueño de una sociedad dionisíaca y cultora de los sentidos que ya no es posible en este estado de la banalidad imperante. Todos los personajes de la casa representan esa Arcadia, pero especialmente Alex es "ese pasado" que ya es ceniza. Hay una imagen casi al final que bien representa esto: las prostitutas buscando clientes en el borde de una carretera. En este sentido, Lucy representa esa inocencia y ese futuro idealista aún posible, ese mundo de sueños. Ahí Alex es el que quizá más le haga reflexionar a la protagonista, ya que la comunicación con el resto de personajes es bastante limitada y a Lucy parece que le cuesta menos relacionarse con el escritor, que además bien conoció a su madre (e incluso podría ser su padre).

Es curiosa la relación que hay entre este elemento de la cinta y la biografía de la propia Liv Tyler. Su madre era Bebe Buell, cantante, modelo de Playboy y una grupi de los cantantes del momento. Era muy amiga de Steven Tyler, cantante del grupo Aerosmith, que la visitaba a menudo y con cuya hija, Mia, Liv jugaba a menudo de pequeña. A los diez años, Liv se dio cuenta de lo mucho que se parecía a su amiga. Le preguntó a su madre y ésta le confesó la verdad: Steven era su padre. Se cambió el apellido y desde entonces la relación con su padre ha sido maravillosa. Y por cierto: también escribe y a veces desaparece largas temporadas para eso, incluso llegando a plantearse el dejar su carrera como actriz y dedicarse a escribir.

La imagen de Sara Harmon: es el fantasma de Sara el que mantiene toda la historia y, por tanto, marca el personaje de Lucy. Ella, que viaja con el diario de su madre, tendrá que conocerla bien para precisamente desprenderse de ese fantasma y averiguar quién es en realidad. Ella no es Sara, pero no puede desprenderse de su imagen. Incluso Diana le arregla un viejo vestido de su madre para que acuda a la fiesta en casa de Niccolo. De su madre ha heredado dos aficiones: la marihuana y escribir poesía. De hecho, el título del filme corresponde a uno de los tres poemas que la protagonista compone: “Stealing Beauty”.

La casa se convierte en otro elemento fundamental en la historia. Una maravillosa villa de las afueras de Siena, rodeada de olivos, donde se filtra el sol en cada rincón… ¡Yo quería vivir ahí! La Italia que retrata Bertolucci responde a una mirada extranjera, a un estereotipo que el cine y la literatura ha vertido sobre Italia desde el romanticismo y que el director recoge para llevarlo a su terreno. Esto lo vemos en el hecho de que casi todos los personajes son precisamente exiliados culturales que han buscado refugio en Italia para poder desempeñar sus labores artísticas, en cierto modo el recorrido inverso que el director realizó en realidad. La casa real, el Castillo de Brolio, se encuentra entre los viñedos de la familia Ricasoli, en la localidad italiana de Brolio, entre Siena, Florencia y Arezzo. Actualmente se pueden visitar los jardines de esta villa y la capilla que hay en uno de ellos, pero la casa está abandonada.


La acción transcurre en uno de los enclaves geográficos con una mayor connotación artística a nivel mundial: fue el origen de la lengua moderna italiana, ya que el toscano fue el dialecto que Dante eligió para escribir sus obras en lengua vulgar, convirtiéndose en la koiné que con el paso del tiempo alumbraría el italiano normativo. Y son los románticos ingleses y alemanes quienes convierten este paisaje en un estado de alma, propicio a la alegría, al placer y al amor, huyendo del frío norteño: Goethe, Byron, Shelley, Keats, Sthendal…, viajaron por Italia cantando sus paisajes. La villa que fundaron en su juventud Diana e Ian se ha convertido en un museo, en un reducto de la creación artística que lo invade todo, una “comuna” en la que vivir en una plácida languidez. Es una especie de cuadro viviente; incluso en el caso del pajar, habitación en la que se instala a Lucy, las puertas representan la pintura de un paisaje. Otros lugares se convierten en zonas sagradas, como la piscina, antigua alberca, donde Miranda toma el sol desnuda y donde Richard reconoce a Lucy como la hija de Sara Harmon, o el estudio-taller de Ian que alberga la estatua de Lucy. La naturaleza cobra especial relevancia, como estampas de la historia que rodean el museo.


La música adquiere gran importancia en la película, con una mezcla un tanto peculiar, desde Mozart (en las secuencias más transcendentes, las confesiones más íntimas de los personajes) hasta el rock (asociado a Lucy) o incluso los clásicos de jazz como Nina Simona, Billie Holiday o Stevie Wonder. También aparece la música popular italiana, y es esta mezcla lo que define también a los personajes: Mozart para los artistas cultos con pedigrí, música contemporánea para los jóvenes adolescentes y el componente autóctono italiano para los habitantes del lugar. 

Por todo esto, y pese a las críticas de la película, creo que es una cinta con la que se puede disfrutar mucho, pero sobre todo porque en una adolescente representaba todo lo que deseaba: vivir en una finca en la Toscana rodeada de artistas, fumando, leyendo y escribiendo algún poema. Yo quería vivir allí. 

Y quiero.




Liv Tyler en la maravillosa Villa di Geggiano, 
uno de los escenarios de la película, 
situada a 15 km del Castillo de Brolio.



Noelia Illán Conesa


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