domingo, 10 de diciembre de 2017

RECOMENDACIÓN 112: EL CONFORMISTA (por Javier Puig)


El conformista
de Bernardo Bertolucci y Alberto Moravia

Después de 40 años, he vuelto a ver El conformista (1970), la primera película de Bertolucci que me cautivó. Siempre resulta arriesgado volver a una obra después de tanto tiempo, pues cabe la posibilidad de que el paso de los años -los del mundo que nos rodea y los de la experiencia personal -modifique seriamente nuestra impresión y pueda dejarnos fatalmente decepcionados. Además, en esta nueva visión, había introducido un precedente siempre condicionador, casi nunca favorable: la lectura de la novela de Alberto Moravia. Pero la obra del cineasta italiano ha pasado con alta calificación la prueba a la que la he sometido y, para mí, sigue siendo una excelente muestra de esas películas suyas tempranas, más creativas y personales que las luego más ampulosas en las que se embarcó.

El argumento de la película crea un marco intrigante desde el que es posible analizar los aspectos psicológicos de los personajes, sobre todo en función de su proyección en la sociedad y en la política. Marcello Clerici es ahora un funcionario del Estado, un trabajador que está dispuesto a todo, con tal de estar bien visto por el régimen fascista al que se entrega. La misión que se le encomienda es la de facilitar el asesinato de un antiguo profesor suyo, Quadri, un hombre con el que mantuvo una importante conversación cuando estaba preparando su tesis. Entonces, le dijo a su alumno -ya convencido fascista- que abandonaba la docencia y también un país en el que ya era imposible enseñar filosofía. Varios años después, a Marcello se le encomienda que señale a su viejo profesor como blanco de los sicarios que lo ejecutarán. Ahora este vive en el exilio, en París, entregado al activismo antifascista. El sumiso funcionario impone a su inminente esposa el destino de la ciudad francesa para su viaje de novios. El profesor se huele la trampa, pero, desde su candidez, aún espera convertir a su exalumno a la decencia, recuperarlo para el bando de los demócratas. En el despacho de su domicilio parisino, tienen una conversación en la que recuerdan las lecciones sobre La República de Platón. Y aquí, Bertolucci, atento siempre a reforzar las palabras con las imágenes, crea, en la estancia en la que hablan, un marco de sombras, a modo de ilustración de la alegoría de la caverna que están dilucidando. Finalmente, Quadri abre una ventana y se desvanecen las sombras; es la tácita demostración de que la lucidez difumina la falsa realidad proyectada. 

La película no traiciona en absoluto el motivo principal de la novela: la creación de un personaje que ansía antes que nada conseguir la normalidad, fundirse con las características de su entorno social, en un tiempo dominado por el fascismo. El resorte que da pie a ese deseo irrenunciable es el trauma acaecido en su niñez. Con trece años es abordado por un chófer homosexual al que, para defenderse, dispara. Ese asesinato, que oculta y que nunca se dilucida, le perseguirá como culpa difícil de aligerar y de la que él, inconscientemente huye, buscando un perfecto encaje con el mundo que lo rodea.


Marcello está aquí interpretado por un circunspecto Jean Louis Trintignant, que, con su rictus severo, con su pesada mirada, dibuja la irresoluble tristeza de un hombre que nunca se recuperará a sí mismo. A su lado, la mujer con la que se va a casar, Giulia, representa la perfecta vacuidad exigible en las féminas de la época. Su belleza es la más ostensible culminación de un sentir superficial, de una vida tendente a la búsqueda de relaciones que no objeten la deseable banalidad, las actitudes que no transgreden los planteamientos imperantes.

El comunista Bertolucci, en todo momento, busca, sin quebrantar los esenciales objetivos del relato de Alberto Moravia, dar mayor énfasis y vistosidad a los elementos ideológicos de la historia. Así, crea un personaje, un amigo íntimo de Marcello, un hombre ciego que representa el ofuscamiento de unos ciudadanos ante un entorno creciente de devoración de las más  esenciales libertades. Tras una explícita conversación, que es un reconocimiento de la sumisión -sin apenas argumentos- de ambos al fascismo, la cámara recorre al amigo de arriba a abajo, hasta alcanzar un primer plano de sus zapatos, que los lleva de distinto color, como metáfora del error al que conduce una percepción parcial, censurada.    

Pero hay otras metáforas visuales… En el baile de París, las esposas del funcionario y del profesor -la primera de ellas totalmente borracha- inician con todos los demás bailarines, agarradas de las manos, una danza serpentina que acaba cerrándose en torno a Marcello, que queda atrapado en medio de la pista, mortalmente incómodo, sin saber qué hacer, depresivo ante el insulto de una alegría que él nunca podrá alcanzar. O ese momento en el que el protagonista de la historia le compra una flor a una mujer que va acompañada de sus dos pequeños, que luego lo siguen, cantando La Internacional. Son inserciones que potencian lo que nos contaba la novela, licencias que se toma Bertolucci, ocasiones que encuentra para pronunciarse contra ese mundo faccioso que no puede contaminar París, ciudad que significa un reducto de libertad, a la que el protagonista no está acostumbrado y por la que no está dispuesto a dejarse seducir.

Los escenarios son también muy elocuentes. Los interiores de las casas, de inimaginable exuberancia para el lector; o el edificio del Ministerio al que acude Marcello, imponente desde su gigantismo, con esas amplísimas salas vacías, hechas para empequeñecer el hombre. Impresionantes, significativos, son también los planos que muestran el sanatorio mental en el que está recluido su padre, con ese exterior plagado de bancos de piedra, por los que los enfermos deambulan con extraviada existencia.

La novela de Alberto Moravia me ha resultado muy amena, con una trama que mantiene la incertidumbre y que, sin embargo, no excluye el recurrente desarrollo de una mirada filosófica, psicológica y política. La película de Bertolucci, vista ahora de nuevo, tras esa lectura, me ha parecido un modelo de traslación de la narrativa literaria a la cinematográfica. Las imágenes que crea Bertolucci, ayudado por la genial fotografía de Vittorio Storaro, son altamente expresivas, traducen a la perfección -y aún a veces con ventaja- la palabra escrita. Los finales de ambas obras son diferentes. 

Pero esta vez voy a tener consideración con aquellos a los que les fastidia mucho conocer los desenlaces y no voy a contar ninguno de los dos. En definitiva, en ambos casos, de una forma más o menos drástica, lo que se expresa es el fracaso de una vida orientada a obedecer las tendencias políticas impuestas y finalmente superadas. Se trata de la denuncia del hombre que, por no pensar, por no sentir, por no sufrir la seria incomodidad de ejercer la disensión, se diluye en la presión dominante, se sacrifica como entidad autónoma y entrega su vida a la corriente aniquiladora. Con El conformista, Bertolucci logró una obra sociológica, pero también muy artística, con un gran acierto a la hora de describir visualmente las emociones de una individualidad atenazada. 

Javier Puig

No hay comentarios:

Publicar un comentario