sábado, 17 de marzo de 2018

RECOMENDACIÓN 119: CARTAS DE LA GUERRA (por Javier Puig)


Cartas de la guerra (2016), la ópera prima del portugués Ivo M. Ferreira, es una de las películas más poéticas que he visto en los últimos años. Hay en ella una perfecta simbiosis entre literatura y cine. Por un lado, las cartas que Antonio Lobo Antunes le escribiera a su reciente esposa desde el frente de Angola, cartas que se publicaron en 2005. Y, por el otro, la pura imagen que aquí se nos muestra, no como soporte de un relato al uso, sino como una exploración desde el penetrante deslizamiento de la cámara, en la que importa mucho la potencia de la bellísima fotografía en blanco y negro que confiere a lo que presenciamos una nitidez casi respirable.

La acción transcurre en 1971. Nos hallamos en la larga guerra de la independencia de Angola. Lobo Antunes se embarca hacia esas tierras africanas. Su cometido en el ejército es el de la medicina. Sabe que estará lejos de su mundo, de su amor, por un tiempo de dos años. “Solo quedan 103 semanas”, escribe en un barco en el que incluso los forzamientos de la alegría lo anegan en la desazón: “Es horrible escuchar música para hombres uniformados”.

Aquí, el primer plano es sonoro, está hecho de las palabras que apasionadamente hilvana en sus cartas el incipiente escritor. A veces, las oímos desde su propia voz, pero casi siempre desde la de su desolada esposa. Al fondo, las imágenes transcurren registrando la contundente realidad, a la espera de ser interpretada. La cámara recorre, registrando desvirtuados escenarios, ese mundo que, aunque a veces esté hecho de gestos banales, de afectos comprimidos, de tediosa quietud, también alberga la violencia. Y, en el secreto interior de algunos, ocupándolo casi todo, el amor distante, amordazado.

Y así contemplamos ese amplio y diáfano país, Angola, cuyo paisaje está hecho de una poesía capaz de vencer los recodos de la denigración. Un país que se ha convertido para Antonio en una cárcel, el lugar donde cumple su condena por ser ciudadano de un tiempo y de un país en los que incide implacablemente el despropósito. Ahí está, mínimamente sobreviviente, el hombre y la extensa naturaleza, la panorámica sabana como paraíso humanamente violado.

Antonio vive sumido en una asfixiante nostalgia, en la súbita revelación de detalles que antes vivían en lo difuso y que ahora adquieren una concisa relevancia. Es un hombre enamoradísimo que sufre por la lacerante lejanía de su amada, de esa mujer que entrevemos en algunas imágenes que nos acercan a su amparada pero dolorosa y solitaria existencia, como en las que la vemos recorrer las deshabitadas estancias de su hogar. Mientras, en otro ámbito radicalmente distinto, lo vemos a él, inmerso en el ambiente militar o retirado en el precario refugio donde invoca sus más literarios pensamientos. Son dos mundos ciegos, esforzados en imaginar lo que les dicta su sentimiento, que no pueden reconocerse más que en el recuerdo o en el sueño de su reciprocidad.

La película contiene un fuerte erotismo latente. “Te deseo tanto que todo el cuerpo me duele”, le escribe él. Este erotismo tiene su culminación en una pudibunda secuencia en la que la vemos a ella, entre sombras, jadeante de un placer sutilmente explicitado, en la conciencia del inflamado cuerpo de una mujer que quiere conectarse a su hombre a través de la distancia. Y es que él empieza a temer que esas ausencias los separen: “Querer a alguien que está tan lejos debe ser como amar a un impotente”. Se la imagina doliente, desaprovechando su juventud, su potencia de vida: “No quiero que te ates a este ser vivo, si dejara de interesarte”. La distancia borra muchas cosas: “De aquí a unos meses tal vez hayas olvidado el sonido de mi voz”.


Como médico que es, tiene que vivir de primera mano el dolor de los demás. La cámara no se arredra ante las consecuencias de tanta acostumbrada crueldad, ante los desatados llantos y la profunda desolación. El soldado, el médico, el escritor, se alerta a sí mismo: “Pero he comenzado a comprender que no volveré a ser el que fui, nunca más”. Nace en él una clara conciencia política: “Todo lo que veo me indigna”. A veces no sabe qué escribirle a su amada: “¿Qué voy a contar? ¿Que este destino me roe el núcleo del alma?” Para combatir su disolución, describe con rebeldía el desalentador ambiente en el que vive: “Cada uno vive para sí mismo y para las cartas que recibe, por su supervivencia y nada más”. Teme acostumbrarse a ese mundo absurdo, a no poder erradicar “el peligro de que te guste un sabor especial a la vida”. Es la inmersión en el entorno grupal, la camaradería varonil, los cánticos que rompen la opresión de la noche.

“Mándame un mechón de tu cabello y del bebé, cuando nazca”, le escribe a su esposa. Porque tardará en conocer a ese ser que es una parte de sí mismo. La hija que nace desconocida: “Eres el testimonio de amor de tus padres”. Pero todo es extraño, apagándose ya por la separación: “¿Te acuerdas de mí? A veces, ni yo mismo me acuerdo de mí. Me miro en el espejo y veo un extraño.”

Ese tiempo tan largo, ese personal desahucio, hace mella en cualquiera: “Después de un infierno así estamos cambiados. Casi se pierde la fuerza para luchar, para resistir”. Antonio es joven, vivía pletórico de futuros que ahora le están robando a cuenta de la sinrazón: “He enterrado en esta tierra los mejores meses de mi vida”. Pero hay que esperar el regreso a esa existencia querida que conocía: “Lo único que me da valor es la voluntad de sobrevivir”.

Esta es la historia de un amor amenazado por la distancia, apuntalado con la construcción de un tenaz pensamiento. Es la palabra creada para nutrir una ternura sin manos, sin besos, pero con mucha alma. Cartas de la guerra es una película para ser saboreada por su intenso cariz poético. Uno quisiera que no se acabara esa bellísima fusión entre la intimidad de una voz y la plasticidad de un mundo desnudo de palabras.  


Javier Puig


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